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Opinión | LA COLUMNA

Atracar a un mayor

La seguridad pública existe, en gran medida, para servir y proteger el bien común y la ciudadanía. No siempre esto, que parece tan sencillo y racional, es así. En países autoritarios o en países donde lo común está por encima de lo individual, el objetivo es proteger el régimen, el gobierno, las instituciones. En estados donde se prioriza lo individual y la propiedad privada, las fuerzas y cuerpos de seguridad no tienen casi competencias en el ámbito doméstico y se permite a la ciudadanía la autoprotección y el uso de fuerza para defenderse.

España está en un lugar intermedio entre esas opciones, junto a otras democracias que optaron por el modelo del llamado Estado del bienestar. La seguridad pública protege las instituciones, el bien común -no siempre identificado por consenso- y también las personas y la sociedad. Particularmente, en estas democracias, la población espera que se ponga especial atención al cuidado de los colectivos más vulnerables y que se persiga y castigue a quienes los ponen en riesgo o les causan daño. Pocas cosas horrorizan más que ver sufrir a niños, mayores o personas con alguna discapacidad. Si este daño es intencionado, el agravio no solo es profundo sino que genera indignación. Por eso es importante que la policía ponga atención en investigar y perseguir los delitos contra las personas mayores.

La mayoría de cuerpos policiales ya hacen formación y pedagogía para prevenir y reducir riesgos pero no es posible evitar estos delitos en su totalidad. Los consejos de autoprotección ayudan a disminuir las opciones en que cada persona, sin saberlo, se pone en situación de riesgo. El problema es que a veces, las personas más vulnerables son, precisamente, vulnerables, y no tienen mucho margen de maniobra. Si caminan solos o con movilidad lenta, poco podrán hacer si alguien se les acerca, los abraza o juega a despistarlos. Es importante que, sin caer en un exceso y con toda la medida posible, seamos también los ojos y bocas de nuestros vecinos. Si encontramos una vecina del barrio a la que se le acerca alguien desconocido. Si vemos que alguien se ofrece a llevar las bolsas a una persona mayor que no conoce, si detectamos una posible situación de riesgo, preguntemos, ofrezcamos ayuda, no dejemos a nadie solo.

Cualquier ataque o delito puede llevar a que la víctima limite sus conductas y rutinas: que deje de salir a la calle sin compañía, que coja miedo a ir a comprar o que no vuelva a confiar en desconocidos. De la misma forma que cuando una mujer limita su libertad de movimiento por autoprotección es, en realidad, violencia, si los mayores reducen sus libertades individuales por miedo a que les roben o asalten, su bienestar general empeorará y la sociedad saldrá perjudicada. Dado el alto nivel de trauma y vulnerabilidad que generan, hay que trabajar para que los mayores sean colectivo de especial vulnerabilidad y las penas sean disuasorias. Teniendo en cuenta que nuestra sociedad solo hará que envejecer en los próximos años, más nos vale tomar las riendas en este asunto de forma urgente.

*Profesora de la Universidad de Barcelona

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