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Opinión | Todas direcciones

Zona de confort

Lo tiene claro, clarísimo. Llevaba mucho tiempo pensando en la necesidad de salir de su zona de confort, que la vida son dos días y cuando quieres acordar te viene algo malo y chimpón. Gutiérrez el de asesoría jurídica sin ir más lejos. Toda la vida viviendo como una hormiguita para disfrutar de la jubilación y, recién jubilado, el páncreas: tres meses y adiós.

Hay que resistirse a la inercia. Se lo tiene dicho su terapeuta emocional, mucho más que un coach, un maestro del autocuidado holístico gracias al cual ha empezado a reconectar consigo misma: «Maite, la zona de confort es en el fondo una zona de reclusión».

Estas vacaciones están siendo como a ella le dio la real gana, por libre, sin concesiones para quedar bien: retiro en las Alpujarras, nada de feria del pueblo. Y si no la entienden que no la entiendan. Su hermana la primera, bombardeándola por WhatsApp. La quiere mucho, pero jamás será capaz de salir de su zona de confort. Se limitó a responderle con emoticonos. Le hubiera dicho que no tener luz eléctrica en el retiro permite acompasar el ritmo de tu cuerpo al del fluir telúrico. Le hubiera dicho que no se trata de andar descalza porque sí, que se trata de ser consciente del impacto de tu ser y de tu estar sobre la Tierra. Le hubiera dicho que no es bailar sin ropa a lo loco, que es danza instintiva para rozar la plenitud somática. Todo eso le hubiera dicho. También le hubiera dicho que no cambiaba la feria del pueblo por estar donde Cristo perdió el mechero durmiendo en una esterilla, que aquello era otra historia: talleres de respiración ayurvédica, talleres de improvisación sapiencial, talleres de regeneración autoafectiva… y que eso es formación, formación de verdad. Pero no merecía la pena dar explicaciones.

Esta noche, ya tarde, una videollamada en la pantalla del móvil: su hermana. Qué coñazo de mujer. No quiere hablar con ella. Pasa. Dos minutos después otra videollamada. Maite piensa que puede haber ocurrido algo y desliza el dedo. Su hermana solo bebe un poco en la feria del pueblo y se le nota. Habla muy alto. Que están allí todos, que han cenado en la piscina, parrillada de verduras del huerto de Mamen; que ha bajado la Lupi, que está embarazada de mellizos. Que debería estar allí. Que Joaquinito ha preguntado por ella. Más tarde le manda un vídeo de la pandilla bailando «Paquito el Chocolatero».

Al ver la escena, Maite, un esbozo de sonrisa nostálgica en la boca, piensa: «Eso sí que es danza instintiva». Y luego se da la vuelta en su esterilla negándose a aceptar que en el fondo, aunque solo sea un poco, echa de menos su zona de confort.

*Profesor

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