Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Cosas

Federico

Hoy se cumplen 90 años del asesinato de Federico García Lorca. No estuvimos allí para contarlo, pero los esbozos de aquella infamia calaron con diferentes matices en el imaginario colectivo. En algún punto entre Alfacar y Víznar, de los adrales del camión se bajan cuatro pasajeros: dos banderilleros, un maestro cojo y un tal Federico, el mismo que los unge frente a la damnatio memoriae de fosas comunes y cunetas. Unos disparos que atronan antes del alba en aquel Getsemaní de variedad marteña. A los compañeros del último trayecto, Lorca les concede la vera de la trascendencia, pero les esquiva la convencionalidad del camposanto.

Federico fue un terrible profeta consigo mismo, anticipando en Poeta en Nueva York su propia muerte y acaso la desventura de sus despojos. Lo ignoto es un tributo para acrecentar la leyenda, como pasea Alejandro Magno desde su indómita tumba. Su vesánico martirio posiblemente salvó del paredón a otros ilustres de la edad de plata de nuestras letras, pues el Régimen no podía permitirse otros emborronamientos internacionales de su imagen. Aquel craso error para la propaganda del Alzamiento tuvo que refrenar a la jauría con la que se enfrentó Unamuno en el Paraninfo salmantino, salvando el pellejo no solo por la providencia y el manto protector de la Collares.

El mausoleo apócrifo de Lorca compite con el santuario de la España que durante cuarenta años pudo ser. En Colliure descansan los restos de Antonio Machado, el peregrinaje inverso hacia la Tierra Prometida cuadrangulada en la infancia y un limonar. Don Antonio murió de pena al cruzar la frontera, y la tributación ideológica ante su lápida ha tenido más novios que las vanguardias que estrenaron el siglo XX: flores que depositaron los hijos del contubernio de Munich, los de Suresnes y hasta la estrambótica parada y fonda de los vástagos del Procés, que hacen fakes de catalanidad con Cervantes, aprovechando que Alonso Quijano se mojó en la Barceloneta y Rodri ha optado por jugar en el Barça.

Apenas circulan camisetas con la imagen de Antonio Machado, acaso por el peso decisorio de su impronta castellana y porque no se retrató como Einstein con la lengua fuera, para descolocar la teoría de la relatividad y hacer camino al andar. Lorca es otro cantar. Es el códex de lo prohibido, aunque nunca pudiera escuchar ese sublime bolero compuesto casi cuarenta años después de su muerte.

Para Federico es esa imaginería que emboza la testosterona del Ché, cuando sus versos desangran más el alma que todo el ardor guerrero de las bayonetas. Miedo da especular con la ucronía de un Federico vivo; con ese eclipse con el que acaso habría chiquilleado; con esa danza del fuego que asola los bosques de España. Posiblemente se habría sorprendido con los restos óseos de los reyes de Aragón retirados a la carrera del monasterio de San Juan de la Peña, tentado de escribir el Romance de los monarcas de metacrilato. O encantado de departir con el Camus de Orán, o con el Orán de Camus, que son la misma cosa; las estribaciones últimas del exilio en la ciudad argelina y el barrunto de que las condiciones higiénicas de Ceuta no impulsen a revivir la existencialista epidemia de la más afamada de sus novelas. Hoy, en este apeadero lorquiano cunde la decepción por la molicie y el paroxismo de la izquierda. Y el temor de que la alternativa venidera se trufe de revanchismo. Lorca no está por encima de todas la cosas, precisamente porque nos siente y nos templa.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

Tracking Pixel Contents