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Opinión | Calma aparente

Desde Ferrol

Ferrol se revuelve contra el tráfico, pero sus habitantes se empeñan en ir sobre ruedas, de ahí la dificultad para aparcar, la proliferación de accidentes y, en consecuencia, el éxito de las corredurías de seguros. Esto es lo primero que debe saberse al venir aquí: no merece la pena insistir; después del segundo intento, el parking no es una derrota. Nosotros tuvimos suerte al llegar, así que nos ahorramos la dosis habitual de estrés. Buscamos directamente algún restaurante que no hubiese cerrado la cocina y, tras alguna vuelta famélica, conseguimos una copa de ribeiro con la que amortiguar el calor. Al final vamos a tener que veranear en Finlandia.

Parece que Ferrol crece o, mejor dicho, resucita: SAIC Motor, el mayor fabricante chino de vehículos eléctricos, construirá aquí su primera planta europea; están derribando el muro del Arsenal, que abrirá la ciudad a la ría; cruceros mastodónticos continúan vomitando turistas amorfos y alelados de vez en cuando; el chollo de comprar pisos baratos se acabó, y se multiplican los apartamentos turísticos. Sí, Ferrol resucita o, dicho de otro modo, deja de ser la metáfora de un imperio decadente. Aun así, mi peregrinación no sufre alteraciones, me regocijo con lo de siempre: las galerías del barrio de la Magdalena y los restos arquitectónicos del modernismo; los nombres fabulosos de los negocios, como el de la carnicería La Selecta; los pimientos o el tomate (aunque este año he probado las zamburiñas negras, lo que significa he comido las mejores zamburiñas de mi vida); ver el atardecer en Valdoviño donde Jamín o reunirnos en cualquier lugar con Paula o Marta, y, por supuesto, volver al cementerio de Neda, centro de gravedad permanente, lugar en el que brilla especialmente el mármol.

También sigo atrincherándome en el Derby, donde suenan clásicos como Tom Waits o Tina Turner, banda sonora perfecta para un padre con buenas intenciones y aún más limitaciones. Aquí me encuentro con solitarios, de gestos lentos, mirada perdida y pelo graso, cuyos silencios esconden el lado oscuro de esta tierra, y con mujeres serias, elegantes y cansadas. Nunca he visto tantos lectores de periódico, que combinan a la perfección con el suelo ajedrezado, los revestimientos de madera y los ventanales con cortinillas. El tópico absurdo de la fealdad de Ferrol o la coletilla que tanto le pesa a su nombre no impiden que la ciudad sobreviva. Estaba de parranda. Estos días miro, por primera vez, a Beatriz y a Carmen recorriendo sus calles. Siempre se agradece la certeza de estar haciendo algo bien.

*Escritor

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