Opinión | Para ti, para mí
La Virgen de agosto
En el corazón del verano nos llega siempre la silueta entrañable de una Madre, la Virgen María, en el momento de su Asunción a los cielos, ensalzada en Córdoba como la «Virgen de Acá» y celebrada ayer esplendorosamente por el barrio de san Basilio que la aclama en procesión con fervor filial, expresando así su convicción de que la madre de Jesús vive glorificada plenamente y para siempre, en la totalidad de su ser, no sólo espiritual, sino también corporal, como proclamara el papa Pío XII en el dogma de la Asunción de María, el uno de noviembre de 1950. Fue el poeta Gerardo Diego, el que dedicó uno de sus más hermosos poemas a la Asunción de la Virgen a los cielos, comenzando con estas espléndidas interrogantes: «¿A dónde va cuando se va la llama?» / ¿A dónde va cuando se va la rosa? / ¿Qué regazo, qué estela deleitosa, / qué amor del Padre la alza y la reclama?». La Virgen María nunca nos abandona y está particularmente muy presente durante el mes de agosto, con dos celebraciones muy antiguas, que tienen su origen en tradiciones profundamente arraigadas en la historia de la Iglesia y en la piedad popular: la advocación de la Virgen de los Ángeles, el 2 de agosto, cuyo nombre evoca la unión de María con el cielo y con los ángeles, seres espirituales y mensajeros de Dios, que aparecen junto a María en muchas representaciones de la Anunciación, y la fiesta de la Virgen de las Nieves, el 5 de agosto. Asimismo, María es invocada como titular de muchas de las ferias y fiestas de nuestros pueblos, como la «Virgen de agosto», subrayando así la necesidad de equilibrar nuestra tradición antropológica, cultural y religiosa. Lo sugiere con fuerza E. R. Dodds, con estas palabras: «Cuando la pureza más bien que la justicia, se ha convertido en el medio cardinal de la salvación, vamos directamente a una sociedad sin justicia y sin pureza, en la que el disfrute, sin medida, destroza nuestra dignidad». De ahí brota ese anhelo popular de un cristianismo que coloca a María en el centro de sus fiestas como la «Virgen de agosto», invitándonos a contemplarla como una madre cercana, venerada y amada. Michel Quoist, en su libro «Oraciones para rezar por la calle», nos dejó esta preciosa evocación de María, en labios de Jesús de Nazaret: «Mi mejor invento, dice Dios, es mi madre. Hice yo a mi madre, antes de que Ella me hiciese. Así era más seguro. Ahora sí que soy hombre como los demás. Ya no tengo nada que envidiarles porque tengo una madre, una madre de veras. Sí, eso me faltaba. Mi madre se llama María, dice Dios. ¡Qué bonita es mi madre! Tanto que, dejando las maravillas del cielo, nunca me sentí desterrado junto a Ella. Y fijaos si sabré Yo lo que es eso de ser llevado por los ángeles. Pues bien, eso es nada junto a los brazos de una madre. Creedme».
La pasada semana nos trajo el «eclipse enloquecedor» que puso de relieve el «atractivo de los espectáculos» para una humanidad hambrienta y sedienta; el drama de los incendios, cercando pueblos y viviendas, en buena parte de Andalucía; y la fuerza de una «migración sin norte» que se convierte en «avasalladora» de derechos humanos y civiles. Hay un dato evidente y preocupante: La tecnología y las redes han modificado el comportamiento de una gran parte de la sociedad. Ese pequeño aparado que llevamos en el bolsillo no solo ha modificado nuestra vida, sino lo que hacemos, cómo lo hacemos y de qué forma nos comunicamos. Existe un poderoso entorno dirigido por sofisticadas métricas y una clara intención: «Captar nuestra atención para que permanezcamos sumergidos en una pantalla el máximo tiempo posible. A partir de ahí, la manipulación de las emociones es un juego sencillo ante el que nuestra mente está indefensa. Hoy en día, la tecnología y la cultura convierten nuestra mente en una máquina de comparar, nos someten a una inconsciente pero constante y cruel comparación. Ello genera una enorme tensión que tiene una influencia terrible en nuestras emociones. Todo está diseñado para secuestrar nuestra atención». He aquí una «meditación laica» para esta hora. Y los versos de Fray Luis de León, recordando la Asunción de María: «Al cielo váis, Señora, / y allá os reciben con alegre canto, ¡oh quién pudiera ahora / asirse a vuestro manto para subir con vos al monte santo!».
*Sacerdote y periodista
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