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Opinión | Susurros de la naturaleza

¿Salvar el pinsapo o cambiar su historia?

El pinsapo (Abies pinsapo) es uno de los grandes tesoros botánicos del Mediterráneo occidental. No es solamente un árbol escaso o singular, sino el superviviente de un linaje cuya historia se remonta a épocas mucho más frías y húmedas del pasado.

Es un endemismo bético-rifeño y un relicto de las épocas glaciares, cuando sus antepasados ocuparon territorios mucho más amplios que los actuales. Con el progresivo calentamiento y la sequedad del clima, aquellas poblaciones fueron retrocediendo hasta quedar confinadas en pequeños refugios montañosos, húmedos y frescos.

En España, su área natural se limita a la Sierra de Grazalema, la Sierra de las Nieves y Sierra Bermeja. Al otro lado del Estrecho, poblaciones emparentadas sobreviven en las montañas del Rif marroquí. No es casualidad que los pinsapares hayan llegado hasta nosotros precisamente en estos lugares: su distribución actual es el resultado de una larga historia geológica, climática y evolutiva.

A esas causas naturales se sumó durante siglos la actividad humana. Las talas, el pastoreo, los incendios y la transformación del paisaje redujeron todavía más la superficie ocupada por la especie. La protección de los espacios naturales ha permitido disminuir muchas de esas amenazas y algunos pinsapares muestran hoy una recuperación notable.

Sin embargo, el cambio climático plantea un nuevo problema. El aumento de las temperaturas, la reducción de las precipitaciones y una mayor frecuencia de sequías e incendios pueden deteriorar las condiciones que permiten sobrevivir al pinsapo en sus refugios actuales.

Ante esta amenaza se ha planteado crear nuevas poblaciones en otras zonas de Andalucía que podrían ofrecer condiciones adecuadas para la especie. La propuesta parece razonable: si el clima pone en peligro los pinsapares actuales, ¿por qué no trasladar algunos ejemplares a lugares donde puedan sobrevivir?

Pero la cuestión no es tan sencilla.

Una cosa es reforzar poblaciones debilitadas o restaurar bosques degradados. Otra distinta es introducir deliberadamente una especie fuera de sus poblaciones naturales actuales, aunque existan indicios de que las condiciones ambientales puedan ser favorables.

La conservación no consiste únicamente en impedir que una especie desaparezca. También debe preservar su diversidad genética, sus relaciones con otros organismos y la historia biogeográfica que explica por qué vive donde vive. Al trasladar una especie fuera de sus poblaciones naturales, quizá conservemos parte de su patrimonio genético, pero modificamos el contexto ecológico en el que ha evolucionado.

Además, nunca es fácil prever cómo responderá una especie en un ecosistema nuevo. Puede no adaptarse, competir con la vegetación existente, alterar determinadas relaciones ecológicas o requerir una intervención humana permanente para mantenerse.

Por eso conviene distinguir entre conservación, restauración ecológica y creación deliberada de nuevas poblaciones. El cambio climático obligará probablemente a revisar las estrategias tradicionales. En casos extremos, la denominada migración asistida puede llegar a ser necesaria para evitar una extinción. Pero debería considerarse una medida excepcional, basada en estudios rigurosos y complementaria de la protección de las poblaciones naturales.

En el caso del pinsapo, la prioridad debe seguir siendo conservar sus refugios históricos, favorecer la regeneración natural, reducir el riesgo de incendios, mantener la diversidad genética y facilitar la conexión entre las poblaciones existentes.

El futuro del pinsapo no depende solo de plantar más árboles. Depende de conservar los ecosistemas que han permitido su supervivencia a través de los grandes cambios climáticos del pasado.

Y quizá el eclipse solar del pasado 12 de agosto nos haya ofrecido una pequeña lección en ese sentido. En Andalucía fue visible como eclipse parcial y, durante un breve intervalo, la luz del atardecer adquirió una intensidad inusual sobre las montañas donde sobreviven los pinsapos. Un fenómeno fugaz que nos recordó que también el paisaje que contemplamos es el resultado de una larga historia de cambios y adaptaciones.

Frente a la rapidez con la que podemos trasladar un árbol, la naturaleza necesita generaciones, siglos y, en muchos casos, millones de años para construir las relaciones que hacen posible un bosque.

Porque proteger una especie no significa simplemente colocarla allí donde creemos que podría vivir. Significa comprender la historia que la ha llevado hasta donde todavía vive y decidir cómo acompañarla en el clima que está por venir.

*Catedrática de Botánica de la UCO

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