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Opinión | El cuerpo en guerra

Después del mar, la luz prometida

Me he tomado un breve paréntesis de mi vida para pasar cinco días en el mar. Hacía siglos que no tragaba agua en el Mediterráneo y resultó la experiencia que me ha aportado más paz de la última década, todo un regalo por parte de Andrea y Rubén, acompañado de helados veganos, puestas de sol, conversaciones lentas, alguna que otra confesión, despliegue de juguetes antiestrés, comida sana y equilibrada, horas y horas de lectura, largos paseos por la playa... Mi cuerpo a merced de las corrientes marinas.

De repente, bajó el volumen del mundo (¿o acaso desapareció el sonido?). Estaba fuera de todo tiempo y lugar. Todo lo que rememoramos aquellos días parecía haberle ocurrido a otra persona o, al menos, no a mí hace unos meses, y eso que Andrea estuvo allí, conmigo en la UCI... Fue casi más testigo que yo. Durante unos días, la vida no dolió tanto. No había preocupaciones. El móvil no importaba. La agenda médica era cosa de... otra. Me sentía en un estado desconocido.

Y, al volver, la casa no estaba tan vacía ni yo estaba tan sola aunque por alguna extraña razón de lealtad a Toffee me siento culpable por ello.

Conseguí mantener ese estado de paz mental dos días más.

Pero, el lunes, de vuelta al hospital, a cruzar la ciudad para ir a consultas, cortes no anunciados de metro... Y el mar se esfumó. Volvía a ser la de siempre: un cuerpo enfermo que se desplaza de un sitio a otro pidiendo explicaciones a horas intempestivas para mi cerebro post ictus. De nuevo, mi dolor. No sólo eso: náuseas, mareos, dolores de cabeza que encadenan un día tras otro... Frustración y agobio. No poder leer, ver películas, nada de luz o sonido: estar aún más inválida. ¿Me enferma estar enferma, la vida de médicos y consultas que escapa a mi control y ritmos vitales? Probablemente. Una dura vuelta a la realidad. ¿Pero cómo escapar de esto si año tras año no paro de sumar nuevos diagnósticos? ¿De qué servía haber estado en el mar?

Sin embargo, llegó el día del eclipse. Quedé con Naza, quien me hizo reír un año atrás por primera vez en el hospital, y nuestras cosas de señoras que se creen expertas astronómicas y han reunido cuatro pares de gafas, calculan con brújula el lugar en el que sentarse, predicen fallidamente la trayectoria de la puesta de sol y asisten al espectáculo completo. ¡Esa luz fantasmagórica que nos habían prometido era verdad! ¡Bajó la temperatura y los pájaros se volvieron locos! Y nos abrazamos riendo. Hubo euforia e ilusión. Otro clic por dentro. No regresé al mar sino a un lugar más importante: el refugio que son las amigas y que escapa a todo lo demás.

*Escritora

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