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Opinión | No Ni Ná

Rafael Ruiz

Rafael Ruiz

Periodista

La respuesta legítima

De todos los dilemas pendientes para la humanidad -«¿Qué sería del mundo sin cocido?», decía Galdós-, el problema de la gente que se pone vídeos en el móvil a todo volumen en cualquier sitio es el que me trae por la calle de la amargura. Se sienta uno en la sala de espera del médico, aguarda en la cola del pan, y allí que te llega ese caballero o esa señora dispuestos a compartir sus inquietudes con todo el orbe. No basta con ver, hay que escuchar. Y que los demás participen de tus algorítmicos intereses por la política, la inmigración irregular o las recetas de salmorejo, pongamos por caso.

Uno, que es un antiguo, intenta matar el rato la mayor parte de las veces con un artículo verdaderamente revolucionario. Libro, se llama. O diario, a veces, cuando se encuentra dónde comprarlo. Y allí camina con la superación del tetrásforo monorrimo, quién puñetas era Homero en realidad o los mundos infinitos que caben en la letra impresa, hasta que llega una dama entrada en años que te pone a un cateto dando voces, a otro que come cosas con la boca abierta y a Sánchez en La Mareta. Y se pierde el hilo de la trama, el yo poético, el monólogo interior. Así no hay manera.

Se esperaba uno que esto de los móviles a todo volumen fuese cosa de la juventud, porque los demás somos analfabetos tecnológicos y no participamos del relato fragmentario e hiperconectado. Pero no, en este caso los chavales son bien majos, según un concienzudo trabajo de campo. Los viejos son los peores. Particularmente ellas, a quienes se la suda soberanamente que uno no esté interesado en las cuitas de su pueblo, en las tendencias en uñas o en las novias del último futbolista de moda. Qué hacer, se preguntaba un tipo expeditivo como Lenin en estos casos.

El primer barrunto consiste en levantarse, arrebatarle el móvil a la vieja y estamparlo contra el tabique más cercano al grito de «Alá es grande, ciruelo». Pero, según explican los juristas, puede ser delito punible. Así que uno toma el camino oblicuo, que es el de mirar fijamente con cara de persona violenta, de los que odian de forma legítima y profunda. En algún caso, se acompaña el gesto ocular con una tos teatral, un «en fin» a media voz o, llegado el punto, un ciscarse en toda la casta del que se pone el telefonito a todo volumen estableciendo hasta la punta de dónde nos encontramos. Extensible, por supuesto, a los mendas de los patinetes que van por la acera a toda velocidad.

Y se queda uno estupefacto, torrefactado, cuando el móvil-vidente, ese haragán del altavoz inalámbrico, acompaña su visionado con comentarios indignados sobre lo mal que está el mundo, lo maleducada que es la gente, el dónde vamos a parar. Y añora a esa gente que solo se echaba un cigarrito para matar los nervios. Al fin y al cabo, unas criaturas toxicómanas que saben que lo suyo es un problema.

*Periodista

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