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Opinión | Paso a paso

Nobleza olvidada

Hay viajes que se emprenden para llegar a un lugar y otros para impedir que algo desaparezca. Rafael Becerra, vecino de Posadas, recorre ciento sesenta kilómetros del Camino de Santiago junto a peregrinos y burros de pura raza andaluza. No pretende batir una marca ni convertir la peregrinación en una extravagancia pintoresca. Camina para que volvamos a mirar a un animal que durante siglos nos ayudó a caminar.

El burro cargó sobre sus lomos el agua, la leña, el trigo y hasta la pobreza de nuestros antepasados. Conoció los olivares antes que los tractores y las veredas antes que el asfalto. Fue aguador, carbonero y compañero de fatigas. Nunca pidió monumentos. Le bastaban una sombra, un poco de paja y la voz de quien lo conducía.

Pero, cuando las máquinas usurparon su lugar, lo licenciamos sin pensión, sin homenaje y sin gratitud, que es como nuestra época despide a quienes han dejado de resultarle rentables.

Quedan menos de seiscientos ejemplares inscritos de asno andaluz. Una raza no desaparece de repente: primero dejamos de necesitarla; después, de verla; finalmente, de comprender lo que significó. Hay extinciones que empobrecen la naturaleza y otras que también nos despojan de una parte de nosotros mismos.

Juan Ramón Jiménez convirtió al burro en criatura de plata, música y melancolía; nosotros, más industriosos y menos agradecidos, lo hemos convertido en antigualla. Platero sobrevivió en las escuelas, pero sus descendientes apenas sobreviven en los campos. Enseñamos a los niños a enternecerse con un borrico de papel mientras dejamos extinguirse a los burros de carne y hueso.

Resulta hermoso que esta llamada de auxilio adopte la forma de una peregrinación. Frente al hombre moderno, que mide los viajes por los minutos ahorrados, Rafael ha elegido avanzar al paso de un burro: al ritmo de la paciencia. Mientras corremos para llegar a todas partes sin saber adónde vamos, estos animales recorren el Camino con la dignidad de quienes no necesitan adelantarse a nadie.

El caballo entró en la historia cubierto de armaduras; el burro entró en el Evangelio cargando con la fragilidad humana. Uno acompañó a conquistadores; el otro llevó a una madre encinta hacia Belén y a un rey sin ejército hasta Jerusalén. Tal vez por eso lo convertimos en insulto: porque una sociedad fascinada por el éxito desprecia cuanto es humilde, paciente y trabajador.

Rafael dice que hay que buscar los ratos buenos, porque los malos vienen solos. Tal vez sea la sabiduría del Camino.

Cuando alcance el Obradoiro, el viaje no habrá terminado. Habrá servido de poco si contemplamos a los burros, hacemos una fotografía y volvemos a olvidarlos. La verdadera meta no está en Santiago, sino en reconocer una deuda. Porque quizá llamamos progreso a llegar muy deprisa después de haber abandonado por el camino todo aquello que merecía ser salvado.

*Mediador y escritor

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