Opinión | Cosas
Viene el sol
Mirar al sol, tengamos o no camisa nueva, no nos hace fascistas. Simplemente nos ciega. Fue en el mito donde el hombre se fue configurando, hurtándole las esencias a la naturaleza. Ideó formas indirectas de contemplar nuestro astro para no caer fulminado, tal que si mirásemos los ojos de la esfinge.
El sol puede producir melanomas o propiciar un golpe de calor. Pero sin la radiación y la energía de nuestra Estrella sería inviable la vida en la Tierra. Ha sido el gran muñidor de nuestra trascendencia, cuando nuestros primeros antecesores tenían todo el tiempo del mundo para moldear a la muerte. Luego, el domingo y el día del sol fueron la misma cosa, para honrar al Señor en latitudes propensas a las oscuridades; frente a religiones asentadas en extensiones donde se desbordaba la luz solar, que optaron por el calendario lunar y el anagrama de la media luna.
La cosmogonía no es ajena a la púrpura y a los cambios de paradigma. Galileo murió mientras reinaba en España Felipe IV, el rey Planeta que tras la confirmación de las teorías heliocéntricas anunciaría la decadencia española ante la hegemonía del rey Sol. El sol que refleja en las banderas la idiosincrasia de las naciones: la extrema diversidad entre la adustez del naciente punto rojo japonés frente a ese sol de franjas albicelestes de argentinos y uruguayos, y un rostro naif como la luna de Georges Méliès; un sol caricato que advierte la maestría de Borges.
Eclipsar es un verbo rotundo, que toma prestadas las leyes de la física para voltear sombras y ambiciones humanas, magníficamente representadas en la oscarizada Eva al desnudo. Este eclipse ha causado furor porque a los humanos nos fascina coleccionar hechos únicos. Pero, sobre todo, porque la ciencia ha amansado a las supersticiones: el común de los mortales ya no queremos creer que el sol desaparecido ha sido devorado por los mastines de Odín. Sí, el sol al servicio de la Ciencias. Hace 2266 años Eratóstenes clavó la esfericidad de la Tierra midiendo la distancia entre las ciudades egipcias de Alejandría y Asuán, y la diferencia angular por la proyección de la sombra del sol. Pero si quieren disfrutar este verano de la enriquecedora confabulación solar con los científicos, léanse En busca de Venus, el magistral ensayo de Andrea Wulf que recrea el tránsito de Venus por la superficie del sol en los años 1761 y 1769, acontecimiento que ayudaba a dimensionar el tamaño del sistema solar; un hecho que impulsó la colaboración internacional y un despliegue de precarios telescopios en los rincones más alejados de un mundo todavía indómito. Una pléyade de científicos aventurados por el damero mundial, con sus éxitos y sus fracasos -algunos pagaron con su propia vida- que reflejan lo mejor del espíritu de la Ilustración.
Para la franja más afortunada de nuestro país, serán dos minutos de oscuridad total. Quienes más cruzarán los dedos en esta apnea de Helios serán los oftalmólogos, deseando que se minimicen las imprudencias. Serán dos minutos en los que queramos compartir el silencio de la naturaleza. Dos minutos para echarlo de menos. Porque prefiero ese sol de mediodía, el del ángelus de Millet, o el poema de Jorge Guillén (dije, todo completo/¡las doce en el reloj!). Los amaneceres de Monet, o el sol que viene de la mano de George Harrison para apaciguarnos: todo está correcto.
*Licenciado en Derecho, graduado en Ciencias Ambientales y escritor.
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