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Opinión | Calma aparente

Culpa petrolífera

Me di cuenta de que pasaba algo. Tan pronto como salí del coche, tuve la sensación de haberme convertido en un blanco fácil, en un ratón engañado por un trocito de queso. Me fijé en la puerta de la cafetería, a lo lejos, y el flujo de gente era incluso superior al de otras épocas del año; sin embargo, entre los surtidores, estaba solo, alarmantemente solo. Abrí la tapa del depósito, emboqué la pistola de repostaje y, al fijarme en los numeritos frenéticos de la pantalla, un frío intenso me recorrió el espinazo hasta asentarse en mi nuca en un punto muy concreto, como si me apuntasen con una escopeta. Todo cobró sentido de golpe: el precio de la gasolina había subido mucho y de un día para otro. Pero ya era demasiado tarde, como de costumbre. El leñazo fue inevitable.

Siempre ha resultado atractiva la idea de batir récords, sobre todo para los deportistas y los políticos, pero en este caso, lamentablemente, no se puede decir que la marca sea histórica, puesto que al empezar la guerra de Ucrania se alcanzaron cifras superiores. Ahora bien, el trastazo me bastó para hacerme algunas preguntas. Busqué el motivo por el que sube el precio de los carburantes y hallé una respuesta: múltiples factores, que son más o menos decisivos en función de otros múltiples factores; es decir, los culpables, como de costumbre, se ocultan tras entramados abstractos. La lista, interminable, resultaba disuasoria: el impuesto sobre los hidrocarburos, la cotización del euro frente al dólar, el precio del barril de brent o la estación del año. Uno deja de leer ante respuestas tan escurridizas. No descarto que la dirección del viento también influya.

Mi investigación, por tanto, devino improductiva; aun así, me entretuve con el origen del brent, que por nombrarse mucho no dejaba de serme desconocido. Es un tipo de petróleo que se extrae del mar del Norte, y se llama así porque proviene del campo petrolífero de Brent, explotado por Shell, que bautiza sus yacimientos británicos con nombres de aves marinas; en este caso, la barnacla carinegra (brent goose), un tipo de ganso que, aun siendo monógamo, no tarda en buscarse una nueva pareja tan pronto como enviuda, lo que resume el problema del precio de la gasolina: si no lo suben por un motivo, no tardan en hacerlo por otro.

Reconozco que un día vi una fila de coches esperando para repostar e intuí el motivo, pero no hice nada. Quizá la vida me haya tratado demasiado bien como para ser un perfeccionista del ahorro. Aunque pocas guerras se ganan contando céntimos. Algunas culpas hay que saber ahorrárselas.

*Escritor

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