Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Para ti, para mí

San Lorenzo, servidor y testigo

Mañana, 10 de agosto, se celebra el día de san Lorenzo, diácono y mártir, con un encanto especial en el barrio cordobés que lleva su nombre y una fiesta solemne en la parroquia de la que es titular. En Córdoba, decir «san Lorenzo» es evocar uno de los templos más esplendorosos de la ciudad, una iglesia emblemática para muchos cordobeses que han entrelazado su fe y sus sentimientos religiosos con la celebración de los sacramentos y con sus plegarias más fervientes a imágenes con intenso espiritu cofrade, como la imagen escalofriante del Remedio de Ánimas, el Calvario, Nuestra Señora de Villaviciosa o a nivel entrañablemente popular, la Virgen de los Remedios. La fiesta de san Lorenzo nos ofrece cada año su silueta, traspasada por dos destellos fulgurantes: «la diaconía y el testimonio». Lorenzo, como primer diácono del papa san Sixto II, era en Roma el encargado de administrar los bienes de la comunidad y de atender a los pobres. En la persecución de Valeriano, el 6 de agosto, detenido con el Papa y los otros diáconos, a Lorenzo se le guardó unos dias con la esperanza de que entregara los bienes de la Iglesia, pero ya los había repartido entre los pobres, y señalando a los pobres dijo: «Estos son los tesoros de la Iglesia». Según se cuenta, el 10 de agosto del año 258 fue martirizado, colocando su cuerpo en una parrilla, con esas últimas palabras que recoge la tradición y reflejan las antífonas, mientras los verdugos atizaban el fuego: «Te doy gracias, Señor, porque me abres las puertas de tu reino». Su sepulcro se halla junto a la Vía Tiburtina, en el campo Verano. Constantino Magno erigió una basílica en aquel lugar, aunque en Roma existen actualmente siete basílicas dedicadas a san Lorenzo, a las que hay que unir otra vieja basílica que le tuvo como titular en la España visigoda, en Mérida, y encumbrar, sobre todas, la «octava maravilla» del mundo: el Monasterio de El Escorial, levantado por Felipe II, en forma de parrilla a su titular, señalando así el instrumento en que murió martirizado. Córdoba le ha dedicado uno de sus templos más bellos y excelsos, cuyas naves se abren esplendorosamente a los cuatro puntos cardinales en el caminar de los hombres: «La fe, la oración, la cultura o el diálogo, y el amor». La parroquia presenta siempre a su titular, en cuya imagen reluce la «dalmática policromada» y la «parrilla», como un cristiano auténtico, servidor de la Iglesia y de los hermanos, sobre todo, de los más débiles y necesitados, a los que Lorenzo consideró, en presencia del emperador, como los «auténticos tesoros». Decía san Agustín con un especial gracejo: «Roma no puede enumerar los beneficios que ha recibido de san Lorenzo». Tampoco lo hará Córdoba, en el transcurso de los siglos.

El evangelio que se proclama hoy en las eucaristías dominicales describe el episodio de Jesús que, tras haber rezado toda la noche a orillas del lago de Galilea, se dirige a la barca de sus discípulos caminando sobre las aguas. La barca está en medio del lago, bloqueada por un fuerte viento en contra. Cuando ven a Jesús caminando sobre las aguas, los discípulos lo confunden con un fantasma y se atemorizan. Pero él los tranquiliza: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Pedro baja de la barca y comienza a caminar sobre el agua hacia Jesús, pero, a causa del viento, se pone nervioso y comenzó a hundirse. Entonces, grita: «¡Señor, sálvame!». Y Jesús le tendió la mano y lo agarró. Este episodio es una imagen magnífica de la realidad de la Iglesia de todos los tiempos: una barca que durante la travesía debe enfrentarse a vientos desfavorables y tormentas que amenazan con volcarla. Lo que la salva no es el valor o las cualidades de los hombres que la ocupan: la garantía contra el naufragio es la fe en Cristo y en su palabra. En esa barca estamos a salvo, a pesar de nuestras miserias y debilidades, sobre todo cuando nos arrodillamos y adoramos al Señor. Tambien la “barca” es la vida de cada uno de nosotros; el viento en contra representa las dificultades y las pruebas. En sus versos, Lope de Vega la reflejó así: «Pobre barquilla mía, / entre peñascos rota, / sin velas desvelada, / y entre las olas sola». Las dudas no son el enemigo de la fe, sino el miedo. El miedo nos vence y olvidamos los momentos de encuentro, las certezas vividas. Una mano extendida está a la espera, como un salmo de esperanza: «Hasta la orilla del mar condujiste mi mano, Señor».

*Sacerdote y periodista

Tracking Pixel Contents