Opinión | Tribuna abierta
Cuando las personas se convierten en munición
Lo ocurrido en Ceuta en los últimos días es tan sumamente grave que exige algo más que declaraciones, reproches y tertulias. Decenas de personas han perdido la vida (unas 150 hasta ahora según algunas ONGs), miles han puesto en riesgo su integridad y una ciudad española se ha visto sometida a una presión inimaginable. Antes de utilizar la tragedia como argumento político y electoral convendría una pausa, guardar respeto por quienes han muerto y preguntarnos con serenidad cómo pudo suceder algo semejante.
La primera consideración es difícil de esquivar. Un movimiento de tal magnitud parece imposible sin que, al menos, los mecanismos de control del lado marroquí fallaran gravemente o fueran deliberadamente relajados, aunque nadie duda de que esto último es lo que ocurrió en realidad. Marruecos posee medios, experiencia y conocimiento para detectar concentraciones y desplazamientos masivos hacia una frontera que vigila estrechamente cuando quiere hacerlo o le conviene. Por eso resulta legítimo preguntarse si estamos únicamente ante una crisis migratoria o también frente a una nueva demostración de cómo el país vecino usa a los seres humanos como instrumento de presión diplomática, sin importarle lo más mínimo sus vidas.
No sería la primera vez, porque España ya vivió en 2021 una entrada masiva en Ceuta coincidiendo con una crisis abierta con Rabat. Cuando las personas dejan de ser tratadas como tales y pasan a utilizarse para enviar mensajes políticos, la inmigración se transforma en una herramienta de lo que ahora se llama guerra híbrida. Una frontera no puede convertirse en un arma reivindicativa frente a un estado limítrofe, ni quienes intentan atravesarla en su metralla.
La tragedia de Ceuta obliga también a revisar la estrategia del viejo continente. Durante años, Europa ha externalizado buena parte del control de sus fronteras mediante acuerdos económicos y políticos con países de origen y tránsito. Esa política puede resultar necesaria y cómoda para sus mandatarios, pero también es vulnerable, porque la UE termina dependiendo de la voluntad, el capricho y la escasa fiabilidad de terceros gobiernos para proteger sus propios límites geográficos.
España también tiene muchas preguntas que responder. Los movimientos migratorios extraordinarios rara vez nacen en unas horas. Se preparan, se anuncian y generan señales que son analizadas por los servicios de inteligencia y los organismos responsables de la seguridad fronteriza. Los ciudadanos tienen derecho a conocer si hubo alertas previas (nadie duda de que sí), cómo circularon entre las instituciones y qué decisiones se tomaron.
En cuanto a la posición de los partidos, volvió a repetirse el espectáculo que ya conocemos. Mientras todavía se recuperaban personas en el mar y se identificaba a los fallecidos, comenzó el intercambio de acusaciones. Las respuestas políticas tienen que exigirse, naturalmente. Pero existe un orden que una democracia madura y seria debería respetar, como es atender primero a las víctimas y controlar la emergencia; después conocer los hechos; y finalmente depurar responsabilidades y debatir las soluciones.
Los gestos también importan y los liderazgos se miden por algo más que por exabruptos, intentos de ocultar la realidad o una pésima gestión. Se expresan mediante la presencia, la cercanía y el establecimiento de prioridades. En momentos de conmoción nacional, los ciudadanos esperan que sus instituciones estén plenamente volcadas en la gestión de la crisis y, en este caso, hay muchas dudas al respecto. Solo el Rey de España parece haber estado a la altura con un toque de atención público para que esto no vuelva a suceder, todo un gesto, principalmente porque el papel del monarca está muy limitado y no siempre puede expresarse sin rebasar determinados límites de su cargo.
La realidad de Ceuta es que aún quedan unas 6.000 personas deambulando por sus barrios y casi un millar de menores a los que tenemos la obligación legal y moral de atender, con lo que resta mucho todavía para recuperar la normalidad. Para lograrlo, la población necesita certezas, medidas serias y lealtad institucional en lugar de barullos partidistas y medias verdades.
Ceuta y Melilla tienen una singularidad geográfica y estratégica que exige revisar con rigor su seguridad. Hay que reforzar la inteligencia previa, la vigilancia terrestre y marítima, la cooperación entre administraciones y los mecanismos europeos de apoyo. España necesita proteger su territorio y sus fronteras sin deshumanizar a quienes las cruzan. Tiene que reclamar a Marruecos sin paños calientes el cumplimiento leal de sus compromisos y exigir a Europa que asuma que Ceuta no es un problema periférico de nuestro país, sino una parte más del territorio comunitario, al igual que lo es Córdoba o cualquier otra región de la UE.
Me temo que continuará la sucesión de reproches hasta que este asunto caiga en el olvido cuando aparezca otro foco de interés, algo que debería sonrojarnos a todos, porque hay demasiadas vidas perdidas. En esta crisis (y ojo con lo que ya se anuncia en redes para próximas fechas) los únicos que sí han estado a la altura han sido los ceutíes. Han sabido ser solidarios y poner en su sitio a los botarates de turno que querían sacar tajada con prácticas miserables.
El pueblo caballa se merece un reconocimiento y el respaldo de una clase política que se ha mostrado inoperante con Ceuta una vez más y que ha evidenciado su desconocimiento y despreocupación sobre la realidad social de nuestras ciudades en el continente africano. Y que se salve quién pueda.
En cualquier caso, nuestros dirigentes deben tener claro que las fronteras pueden y deben protegerse, aunque ninguna democracia puede aceptar que seres humanos desesperados se conviertan en instrumentos de presión al servicio de intereses políticos o estratégicos de otros gobiernos. Cuando las personas pasan a ser munición, la primera víctima es la seguridad de un país, pero también nuestra propia humanidad.
*Presidente de Comercio Córdoba
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