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Opinión | No ni na

Rafael Ruiz

Rafael Ruiz

Periodista

El desastre

Sucede con Fernando Grande-Marlaska, presuntamente ministro aún, lo que ocurre ante los accidentes monstruosos: no es posible dejar de mirar. Se pone a decir pamplinas, desbarra como un campeón y la primera intención es cambiar de canal, ahorrarse la vergüenza ajena, esa sensación de desastre institucional. Pero es que no se puede, resulta superior a las fuerzas propias, apartar la vista de ese hombre que hace esfuerzos sobrehumanos por no seguir hundiéndose, inasequible a los hechos. Si alguien tuviese un poco de misericordia en el equipo de Moncloa, le limitaría la agenda, le guardaría sitio en el búnker de Semillas, le bloquearía el móvil. Una de las grandes mentiras de nuestro tiempo, en política, es que el silencio no es rentable.

Ceuta, dígase como se quiera, es un episodio catastrófico con 142 muertes (confirmadas a la hora en que esto se escribe), decenas de miles de desplazados en ambos sentidos y una cantidad no especificada de personas hambrientas y desesperadas que, a estas alturas, solo cabe devolver a la frontera, menores incluidos, de acuerdo con los tratados reguladores. Lo contrario es contentar a un Rabat desatado, abonar el camino a nuevos dramas por el peligroso camino del incentivo y reírle las gracias al autócrata y a quien le consiente las amenazas. La pena y la solidaridad, digamos, tienen el límite de la racionalidad. Y aquí estamos a dos minutos de la razón de Estado. Es lo que hay -guste más o guste menos, ya no importa- y lo saben.

Podemos ponernos a dar misas en latín, si nos place, o a la prédica del hare krishna. Pero la realidad es que se produjeron avisos de las autoridades locales (ya se verá si de Inteligencia, donde la purga va a ser sensacional), que la frontera marroquí estaba abandonada y en la española solo hubo margen para evitar más ahogados. Si hubo disuasión, aunque fuese simbólica, no la captaron las cámaras que retransmitieron el episodio en tiempo real. Una orden que solo pudo dar Presidencia. La respuesta exhibida ante lo que tiene pinta de operación marroquí deliberada está siendo un fracaso de Estado. El flotador con forma de manga pastelera, instalado por orden de Sánchez para visualizar la zona vetada al nado, es el momento Piolín de esta historia.

Ocurre que esto volverá a pasar, probablemente agravado por innovaciones que solo pueden imaginarse. Las fuerzas en juego, como la desesperación ante la adversidad o la promesa de una vida mejor, son demasiados poderosas. Y los efectos ante el nivel moral colectivo serán perversos, como puede verse en buena parte del mundo desarrollado. Conviene hacerse el cuerpo ante lo que viene. Pero, sobre todo, sería recomendable no tomar al personal por idiota y tener un mínimo respeto por la inteligencia del ciudadano común. Las cosas suceden, ha dicho Marlaska, sin que tengan por qué existir responsables. Hay que estar muy perdido en la vida para soltar eso por la boca, ministro. Presuntamente ministro. Aún.

*Periodista

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