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Opinión | La vida por escrito

Breve teoría del éxito

Nos gusta pensar que el mundo premia a los mejores: si alguien triunfa será porque era más capaz; si fracasa, porque no estaba a la altura. Esta filosofía intenta explicar desde el porqué del éxito y el fracaso en el emprendimiento hasta determinadas interpretaciones de la evolución biológica. El problema es que la realidad lleva siglos empeñada en desmontarla.

Ahora lo hace también un estudio del MIT inspirado en algo tan vulgar como una colonia bacteriana. Porque, según muestra su modelo matemático, la ventaja competitiva no basta para conquistar un territorio; también importan la velocidad con la que uno se expande y, sobre todo, el lugar desde el que comienza la carrera.

La teoría clásica de la evolución nos ha acostumbrado a una lectura facilona: sobrevive el más apto. La frase, repetida hasta la saciedad, ha terminado colonizando ámbitos que van mucho más allá de la biología. Se invoca para justificar desigualdades económicas, liderazgos empresariales o jerarquías sociales, como si el éxito fuera siempre la consecuencia inevitable de una superioridad objetiva. La naturaleza, sin embargo, nunca es tan simple.

Las bacterias estudiadas por Sergio Eraso y Mehran Kardar crecen formando frentes irregulares. No avanzan como un ejército perfectamente alineado, sino como un fuego que devora un bosque dejando un borde lleno de entrantes y salientes. Y resulta que esas pequeñas irregularidades cambian las reglas del juego. Un grupo, tribu o ejército con menor capacidad competitiva puede mantenerse durante mucho tiempo si ocupa una posición favorable. Otro grupo objetivamente más fuerte puede quedarse atrás simplemente porque su expansión es más lenta o porque empezó desde un lugar menos ventajoso. Es la constatación de que el contexto importa.

Sorprende que una idea tan evidente siga resultando incómoda. Quizá porque contradice una de las grandes coartadas ideológicas de nuestro tiempo: la meritocracia entendida como una ley natural. Pero conviene aclararlo: nadie discute que el talento exista o que el esfuerzo marque la diferencia; lo que este trabajo cuestiona es la facilidad con la que olvidamos las condiciones iniciales. No todos parten desde el mismo lugar. No todos encuentran el mismo terreno. No todos avanzan sobre un frente idéntico.

El propio estudio resume esta intuición con una frase magnífica: los ancestros tuvieron la suerte de estar en el lugar adecuado para garantizar el éxito de sus descendientes. Traducido al lenguaje cotidiano: muchas veces el azar trabaja tanto como el mérito. No hace falta convertir una colonia bacteriana en una metáfora de la sociedad para reconocer el paralelismo. Basta observar cualquier biografía de éxito. Detrás de casi todas aparecen factores que rara vez ocupan los titulares: haber nacido en un determinado país, crecer en una familia con recursos, acceder a una buena educación, conocer a la persona adecuada o encontrarse en el momento preciso cuando surgió una oportunidad. Todo eso también cuenta. Todo eso también contribuye a la selección.

Lo curioso es que solemos recordar el talento y olvidar el entorno. Quizá porque admitir el peso del contexto resulta incómodo. Si aceptamos que la posición inicial influye en el resultado, entonces el éxito deja de ser una prueba irrefutable de superioridad y el fracaso deja de interpretarse exclusivamente como una responsabilidad individual. Se resquebraja un relato demasiado útil para quienes siempre aparecen en el lado ganador.

Tal vez esa sea la mayor lección de este trabajo. La evolución no solo depende de quién compite mejor, sino también del terreno sobre el que compite. Y quizá nosotros llevamos demasiado tiempo confundiendo los privilegios de la posición de partida con las virtudes del vencedor.

*Profesor de la UCO

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