Opinión | Tormenta de verano
Aprender de las cenizas
Volvemos a las andadas, atrapados en ese macabro bucle estival que ya forma parte del paisaje nacional. Cambiamos las portadas sobre la campaña turística por los mapas teñidos de negro, y los discursos políticos se mudan de los despachos a los puestos de mando avanzados, con las camisas remangadas y el rostro compungido ante los medios. Hay 15 incendios forestales diarios en Andalucía en época estival que se suman a los de toda España. 583 municipios andaluces están en zona de peligro y sólo el 23 por ciento cumple con la obligación de tener planes locales de emergencias. Sabemos que el dolor tiene nombre propio, ayer en Los Gallardos y una cifra escalofriante de 13 vidas rotas en una trampa de humo y ceniza. Sin embargo, la mayor tragedia de este infierno no es la virulencia del fuego, sino nuestra testaruda amnesia colectiva.
Lloramos en julio y agosto lo que abandonamos en enero. Es una verdad incómoda, repetida hasta la saciedad por los ingenieros forestales, pero sistemáticamente sepultada bajo el asfalto de las prioridades urbanas. La pesadilla de Almería y otros lugares no es un hecho aislado, sino la continuación de una tendencia indomable. Según los datos del Avance Informativo del Ministerio para la Transición Ecológica y el sistema europeo Copernicus, 2025 se consagró como el peor año de incendios del siglo en España, con cerca de 400.000 hectáreas arrasadas y debió haber sido el punto de inflexión definitivo. Fue un aviso ensordecedor de que el cambio climático ya no es una amenaza abstracta para las próximas generaciones, sino un verdugo que hoy mismo calcina nuestros pueblos. Pero pasaron las lluvias del invierno, el verde volvió a tapar las heridas y nos permitimos el lujo de volver a olvidar.
El verdadero problema de los incendios de «sexta generación» no se combate con más hidroaviones ni con presupuestos de emergencia multimillonarios cuando las llamas ya lamen las casas. Se combate legislando sobre el territorio. El monte español se quema porque está vacío, descuidado y sobrecargado de un combustible que la falta de rentabilidad rural ha dejado a su suerte. Mientras sigamos entendiendo la naturaleza como un mero decorado de fin de semana y no como un ecosistema vivo que necesita gestión, pastoreo extensivo, cortafuegos naturales y paisajes en mosaico, seguiremos enviando a nuestros servicios de extinción a misiones suicidas.
Las víctimas de Almería y todas aquellas que perdieron su vida entre humo, junto a las llamas y cenizas en todo el país, merecen algo más que minutos de silencio y banderas a media asta; exigen un cambio radical de paradigma. Si las administraciones públicas y la sociedad civil no asumen que los incendios del verano se apagan cuidando el bosque en invierno, el próximo año volveremos a escribir la misma crónica periodística. Cambiarán los nombres de los municipios y aumentará el contador de hectáreas, pero la culpa seguirá siendo la misma: nuestra absoluta incapacidad para aprender de las cenizas.
*Abogado y profesor de Ética.
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