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Opinión | Hoy

Muerte de otro hombre

¿Quizás el recuerdo de una mañana azul, allá en su infancia?

En el suelo, bajo los soportales de nuestra plaza de la Corredera, ha amanecido muerto un hombre; muerto a la altura de los excrementos de los perros, del paso de las ratas; al nivel donde escupimos los humanos y merodean las cucarachas sobre la basura, y huyen a sus agujeros de alcantarillas y albañales. La autopsia de su cuerpo dirá que ha muerto tal vez de calor, de sed y de hambre. La autopsia de su alma diría que ha muerto de esa muerte que abarca todas las muertes: de soledad, de la soledad más sola que la nada; sin nadie, sin sudario, sin dedos que le cierren los ojos ni oración que acompañe su partida. ¿Cuál ha sido el último pensamiento de este hombre? ¿Quizás el recuerdo de una mañana azul, allá en su infancia? ¿Tal vez el anhelo de una caricia en sus manos, agotadas de hambre, humilladas de tanto extraviarse en los contenedores y su perpetua miseria? Para este hombre no han venido cámaras, ni periodistas, ni manifestaciones, ni esos estupendos aspavientos en las redes sociales, tan cómodos, tan asépticos, tan bien compuestos, de los estupendos bien pensantes, siempre revolucionados cuando son los otros quienes han cometido una tropelía. Para este hombre no ha habido visita de ese monarca tan sexto, ni del simpático playlist con sus hoyitos; para este hombre sólo ha habido más silencio, una manta, la policía, una ambulancia, el cajón helado de una morgue, un olvido y otro olvido. Pero esa soledad enseguida se habrá hecho estrellas, porque el ángel de la paz, enviado a los bienaventurados, habrá recogido el alma de ese hombre y su dignidad, para llevarlos al reino de los justos, allí donde ya nunca más deambulará por calles infinitas, sometido a la ciudad y su calor de fuego y su temblor de frío. Sólo una mujer vencida lloraba en esa soledad: había visto muerto a aquel hombre, pero tuvo miedo de acercarse.

*Escritor

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