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Opinión | Paso a paso

Lealtad abandonada

Hay criaturas que no saben que agosto existe. No conocen el calendario, ni la reserva del hotel, ni esa liturgia moderna de huir de la propia vida durante quince días. Solo conocen una voz, un olor, el ruido de una llave en la cerradura. Por eso un perro abandonado junto a una carretera no comprende que lo han dejado: durante horas sigue creyendo que su dueño regresará.

Tal vez no haya imagen más exacta de nuestra degradación moral que ese animal inmóvil, mirando la curva por la que desapareció el coche. El perro permanece donde nosotros ya no estamos. Conserva la fidelidad cuando el hombre ha resuelto prescindir de ella. Y así, mientras las familias cargan sombrillas y maletas, alguien abre una puerta, arroja una pelota al arcén y pisa el acelerador. La traición adopta la apariencia banal de una maniobra de tráfico.

Decimos que amamos a los animales. Los fotografiamos, les compramos abrigos, les celebramos cumpleaños y convertimos su ternura en una prolongación de la nuestra. Pero el amor empieza cuando termina la comodidad. Querer a un perro no consiste en acariciarlo cuando estamos solos, sino en asumirlo cuando envejece, enferma, ensucia o complica nuestros planes. Todo afecto que depende de que el otro no moleste es una forma refinada de egoísmo.

Quien ha vivido con un perro conoce la nobleza silenciosa de su compañía. Ellos no preguntan cuánto ganamos, a quién votamos ni qué fracaso escondemos. Nos reciben con la misma alegría cuando regresamos victoriosos que cuando volvemos derrotados. Hay en esa mirada una absolución que ninguna sociedad humana concede gratuitamente. Quizá por eso su abandono resulta tan obsceno: porque no expulsamos de casa a un objeto, sino a una criatura que había depositado en nosotros toda su confianza.

Dostoievski hizo decir al stárets Zósima que amáramos a los animales, pues no habían perdido la inocencia que nosotros malgastamos. Hemos necesitado leyes, registros, sanciones y campañas para recordarnos algo que antes pertenecía al territorio de la decencia: que una vida confiada a nuestras manos no puede desecharse cuando cambia la estación. Pero ninguna norma alcanzará el rincón donde nace la crueldad. Esta no comienza al dejar al perro en una cuneta, sino antes, cuando aprendemos a considerar prescindible todo aquello que exige sacrificio.

Los perros de agosto nos observan desde protectoras desbordadas, gasolineras, descampados y carreteras secundarias. Algunos aún llevan collar, como si conservaran la última prueba de haber pertenecido a alguien. Esperan sin rencor: esa es su tragedia. Nosotros, en cambio, inventamos excusas para no mirarlos.

Una civilización se mide también por la forma en que trata a quienes no pueden reclamarle nada. El perro abandonado no vota, no denuncia, no publica su desgracia. Solo espera. Y acaso, mientras nos alejamos hacia nuestras vacaciones, sea él quien permanezca custodiando lo poco que quedaba de nuestra humanidad.

*Mediador y escritor

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