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Opinión | Cosas

Triste y flotante zaguán

Hay dos poemas que retratan muy bien la pompa y solemnidad de Inglaterra. Uno es If de Ruyard Kipling, la aquiescencia del esplendor del Imperio Victoriano. El otro lo antecede en casi ochenta años, en pleno furor del romanticismo: Es el Ozymandias de Percy Shelley, un soneto que describe la contemplación de las ruinas de una estatua en el desierto. Te imaginas los esparcidos restos de los Colosos de Memnón u otros vestigios del pasado faraónico. Ozymandias, este rey de reyes que nos habla desde su semi enterramiento de arena ayuda a serenar la voracidad del presente, pues todo poder se achica ante la tiranía del tiempo.

Quizá Pedro Sánchez tenga la tentación de leer a Percy Shelley para rematar este tiempo concluso. La vida es una caja de sorpresas, pero también de sarcasmos. Quién nos iba a decir que aquel que trasladó los restos del dictador de Cuelgamuros a Mingorrubio comparta en los flecos de la Historia este sucedáneo de Marcha Verde, el nexo común de la debilidad de un tiempo agónico. Se pueden entender las finuras del lenguaje diplomático, incluso la codificación de los silencios, pero escama la adulación a Marruecos, cuando nuestro vecino del sur defiende sus intereses con registros de tahúr y la insignificancia hacia sus ciudadanos, carne de cañón sacrificable para ser el centro de atención de todo el planeta. Las televisiones han mostrado estos zaguanes flotantes, miles de zapatillas flotando sobre las olas como los aledaños de una mezquita, el poderoso grafismo de una declaración de intenciones de comerle a España esta plaza de soberanía.

La mezquindad es generosa y no tiene reparos en sentirse compartida. Nosotros también tenemos nuestros poemas, como el del sapo y la luciérnaga. Sánchez se ha creído esa luciérnaga envidiable por su brillo, y en el craso error de su tibieza hacia Marruecos, Israel y los Estados Unidos de Trump ajustan cuentas pendientes. El señor Trump no le va a agradecer ese spot gratuito, la catarsis de darle aliento en sus horas más bajas, lanzando pronunciamientos apocalípticos de lo que ocurriría en la frontera mexicana si en noviembre ganan los Demócratas. Pero Europa también se lleva su mezquina cuota, aireando la insolidaridad por encima de las pifias del socio español, aventando la fragmentación del sueño europeo que hace ensalivar a sus enemigos. Si Europa se volcó con Polonia cuando las migraciones se desbordaron por Bielorrusia, es triste anteponer de forma tan burda los intereses del electorado propio antes que los fundamentos del proyecto europeo. Más triste que estos zarandeos venga del Gobierno socialdemócrata danés, el mismo que pide auxilio ante los amagos invasivos de Groenlandia.

Casi resulta postrimero pedir transparencia -y eficacia- a un Gobierno agónico. También firmeza, y hasta contundencia, frente a estas pataditas en el tobillo que periódicamente aplica Rabat, que ya ha sacado mucho rédito a sus rabietas. Pero la solución no pasa por invocar en vano a Álvaro de Bazán, Alejandro Farnesio o Blas de Lezo -lo de Millán Astray sería muy descarado-. Curiosamente, para demostrar que los extremos se tocan, ambos polos de nuestro espectro político señalan a Marruecos como la mano que ha mecido esta zozobrante cuna.

Este país necesita un viraje de cohesión y consenso. De la bella ciudad ceutí, me quedo con sus dragones modernistas y su contrastada y ecuménica españolidad. Y con esos hispanistas marroquíes como Ahmed El Gamoun o Aziz Amahjour que al otro lado de la frontera sueñan y escriben en castellano, tendiendo puentes desde una honesta creatividad.

*Escritor

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