Opinión | Lo que pasa y pesa
El martes cualquiera
Despertarse sin alarma. El olor a café recién hecho. Un atardecer. La cama con sábanas limpias. El libro que no puedes parar de leer. El sonido del mar. O el silencio de la noche. Los rayos de sol en diciembre. Y la sombra de los árboles en julio. Encontrar aparcamiento el día que más prisa tenías. La canción que eriza. La película que cuestiona. La luna llena. El sonido de las llaves avisando quién llega a casa. Descalzarte. Encontrar el lado frío de la almohada. El primer baño del verano.
Pero también esa conversación que te hace reflexionar. Pasar tiempo a solas y disfrutarlo. Echar de menos. Volver a vernos. Que te cocinen tu comida favorita. Salir del trabajo y que haya alguien esperándote. Las sobremesas con amigas. Enseñar algo que amas a alguien que empieza a amarlo también. Aprender a perdonar. Y a dejar atrás. Darte cuenta de que, con el tiempo, todo ha mejorado. Saber que, cuando la vida se complique, habrá personas dispuestas a sostenerte para que no caigas. Perder la noción del tiempo porque tienes delante a una de tus personas favoritas. Que se acuerden de ti y te lo hagan saber. Que te quieran y lo demuestren. Hace unos años, en una de esas conversaciones que te acompaña durante días, dos amigas a las que quiero mucho y yo llegamos a una conclusión que todavía recuerdo: somos más simples de lo que pensamos. Si tengo un lugar donde dormir, un plato del que comer y personas que me esperan al final del día, no me hace falta nada más. Lo demás es adornar la vida.
No sé en qué momento empezamos a llamar «pequeñas cosas» a las cosas que más nos importan. Yo las llamaría «cosas cotidianas». Porque la vida no sucede en los momentos extraordinarios, la vida es lo ordinario que elegimos una y otra vez. La enfermera australiana Bronnie Ware pasó años cuidando a pacientes terminales, y recogió sus arrepentimientos más comunes en un libro: no haber vivido la vida que realmente querían, haber trabajado demasiado, no haber expresado más emociones positivas, no haber tocado más, abrazado más, sentido más. Por eso creo que, cuando miremos atrás, no recordaremos las cosas que compramos o el ascenso que conseguimos sino todo lo cotidiano que un día nos sostuvo.
Ponte ese vestido que tienes guardado para una ocasión especial. Llama a quien lleva tiempo en tu cabeza. Pide perdón. Manda ese mensaje, aunque sea con miedo. Compra flores porque sí. Di lo que sientes mientras todavía haya alguien al otro lado para escucharlo. Pídete ese postre. Quédate diez minutos más. Dile que te acuerdas de ella.
Porque la vida no suele cambiar un martes cualquiera. La vida es el martes cualquiera.
*Psicóloga
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