Opinión | Calma aparente
Verano en Córdoba
El verano en Córdoba es fácil de resumir: calor y obras. A primera hora de la mañana, aprovechando el fresco, hay que hacer toda la vida posible, salir a la calle y respirar. Lo malo es que el paseo, además de polvo en el aire, incluye una banda sonora insufrible, la de los taladros, las radiales y los martillazos. No hay escapatoria. El estrépito cubre todos los rincones de la ciudad. No hay refugio de silencio en ninguna parte. Pero esto no pilla a nadie por sorpresa, así que no se sufre tanto. Aunque suene a derrota, la resignación alberga una pequeña dosis de victoria.
Durante uno de mis paseos, me crucé por casualidad con Arjona. Con él nunca quedo en tomarme algo algún día, sino que me lo tomo directamente, rompiendo con la costumbre predominante. Por este motivo, en lugar de ir del punto A al punto B sin rodeos, lo hice pasando por el punto C, es decir, bebiéndome antes una caña. Arjona forma parte de otro mundo, como los lectores de periódicos, por eso no fue extraño que me explayase: además del calor y las obras, este verano también había venido acompañado de la obligación de ir a una notaría, lugar cuya sola evocación ya despierta en mí un burbujeante hormigueo cervical. Le contaba que mis días transcurrían entre biberones y escrituras, llantos y herencias (¡en plural!) cuando, de pronto, me cortó: «No me digas más: ¿todas las partes están de acuerdo menos una?». Sonreímos. Es cierto que el guion de la vida resulta a veces demasiado previsible.
Por suerte, existe otro verano en Córdoba, el suyo, el de Trassierra. Por la mañana, desayuna en el porche o en el pueblo, según las ganas de churros que tenga. Después, riega las plantas, barre las hojas de los alrededores o arranca los jaramagos del camino, lo que le vaya pidiendo el campo. Hecho el trabajo, se da un baño en la piscina y se tumba un rato al sol. Sin darse cuenta, es la hora del aperitivo. Entonces vuelve a darse un chapuzón, de tal forma que la cerveza y las aceitunas saben muchísimo mejor. Lamentablemente, a la hora del almuerzo no le queda otra que esconderse, aunque basta un ventilador de techo para comer y sestear a gusto; los despertares en Trassierra no son tan pesados. Al final de la tarde, lee, pasea o vuelve a darse un baño: manda su cuerpo. Cae la noche y, en la terraza, rodeado por el aroma del jazmín, elige cualquier película. Y ya está el día echado, tan sencillo y tan valioso. Saborea cada minuto, entre otras cosas, porque teme el fuego y la negligente dejadez. Somos una especie condenada a llorar sobre cenizas. Casi todo era antes campo.
*Escritor
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