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Opinión | TORMENTA DE VERANO

El eco de Ermua

Hay fechas que quedan esculpidas a fuego en la memoria colectiva de una nación, días en los que el tiempo parece detenerse para dar paso a un giro histórico insospechado. Para la España contemporánea, uno de esos puntos de inflexión ocurrieron en julio de 1997. Cuarenta y ocho horas de angustia, rabia y dignidad que comenzaron con el secuestro de un joven concejal del Partido Popular en Ermua, Miguel Ángel Blanco, y que culminaron con su asesinato a manos de la banda terrorista ETA, cuyo aniversario acaba de cumplirse. Aquel crimen, ejecutado con una crueldad premeditada, provocó el efecto contrario: una movilización social sin precedentes que fracturó para siempre el muro de miedo que atenazaba a la sociedad vasca y española. Nació el «Espíritu de Ermua», un legado de libertad y unidad ciudadana.

El secuestro de Miguel Ángel Blanco no fue un atentado más en la sangrienta historia de ETA. Se trató de un chantaje macabro al Gobierno de la nación al que la banda exigió el acercamiento de todos sus presos a cárceles del País Vasco en un plazo imposible de 48 horas, días después de la liberación del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara de su cautiverio. La respuesta ciudadana no se hizo esperar. De forma espontánea, millones de personas salimos a las calles en todos los rincones del país, unidas por un clamor unánime: «¡Libertad!» «Vascos sí, ETA no», «¡Miguel Ángel, te esperamos!». Las manos pintadas de blanco en la Plaza de las Tendillas y en todos los rincones de España se convirtieron en el símbolo de una resistencia pacífica que plantaba cara, por primera vez de forma masiva y descarnada, al terror totalitario.

A casi tres décadas de aquellos sucesos, el legado de Miguel Ángel Blanco y del Espíritu de Ermua afronta el desafío contra el olvido y la distorsión narrativa. Tras la desaparición de ETA el reto radica en la transmisión de esta memoria de las víctimas a las nuevas generaciones. Estudios recientes alertan de que una parte significativa de los jóvenes españoles nacidos en el siglo XXI desconoce quién fue Miguel Ángel Blanco o qué significó el terrorismo en España. Fundaciones, asociaciones de víctimas y colectivos educativos trabajan intensamente para introducir este capítulo de la historia en las aulas como pretende el sistema educativo andaluz, no desde el rencor, sino desde la pedagogía de los derechos humanos y el valor de la libertad conquistada. Mantener vivo el Espíritu de Ermua implica recordar que la paz actual no fue un regalo, sino el resultado del sacrificio de cientos de víctimas y de la valentía de una sociedad que decidió dejar de tener miedo. El eco de aquellas manos blancas levantadas al cielo sigue siendo hoy un recordatorio de que la dignidad democrática y la unión frente a la intolerancia son los únicos cimientos válidos para la convivencia en el mundo occidental. Miguel Ángel, no te olvidamos.

*Abogado y profesor de Ética

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