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Opinión | La vida por escrito

Comer para contarlo

Las políticas de nutrición y salud han seguido durante décadas una lógica aparentemente incuestionable: soluciones con base científica diseñadas por expertos, y gobiernos que las implementan en una sociedad que recibe estas soluciones de forma pasiva. Sin embargo, los resultados están lejos de ser satisfactorios. El hambre persiste, la malnutrición se extiende y los sistemas alimentarios muestran una fragilidad creciente por múltiples factores. Quizá ha llegado el momento de observar las prácticas y los conocimientos ancestrales que explican esas llamadas zonas azules, comunidades donde la alimentación y el estilo de vida permiten una mayor longevidad y mejor calidad de vida.

Una revisión científica publicada en Nature Food pone el foco en esta paradoja. Aunque el conocimiento tradicional es cada vez más valorado como una herramienta para afrontar nuestros problemas de salud y nutrición, la mayor parte de las intervenciones siguen dominadas por enfoques verticales y medicalizados.

El contraste resulta llamativo. Mientras los gobiernos elaboran estrategias uniformes para poblaciones diversas, muchas comunidades locales conservan una profunda comprensión de las relaciones entre naturaleza, cultura y bienestar. No se trata de una nostalgia romántica por el pasado, sino de reconocer que existe un saber acumulado y destilado por la experiencia de muchas generaciones.

Los investigadores de la Universidad de East Anglia señalan un concepto clave: la «alfabetización en sistemas alimentarios». Más allá de saber qué alimentos son saludables, implica comprender cómo se producen, distribuyen, preparan y consumen. En otras palabras, no basta con decirle a alguien qué debe comer; es necesario entender el contexto cultural, ambiental y social que determina eso que eligen comer.

Aquí es donde muchas políticas fracasan. Los programas convencionales suelen primar el conocimiento técnico y biomédico, e ignoran la experiencia local y las prácticas culturales. El resultado es una desconexión que reduce la participación social y limita la eficacia de las intervenciones. Cuando una estrategia de salud no habla el lenguaje de la comunidad a la que pretende ayudar, tanto en sentido literal como cultural, sus posibilidades de éxito disminuyen drásticamente.

Como se menciona en el estudio, la incorporación de la cosmovisión maya k’iche’ en las guías alimentarias nacionales de Guatemala permitió construir mensajes más cercanos a la realidad de las comunidades. En Nueva Zelanda, el desarrollo conjunto de aplicaciones de salud con socios maoríes facilitó herramientas digitales culturalmente relevantes. No son simples detalles de comunicación; representan una manera diferente de entender la producción de conocimiento, basada en la colaboración y el respeto.

La enseñanza más importante del estudio quizá sea que la salud no puede separarse de la identidad cultural ni del entorno natural. El desafío, sin embargo, va más allá de incorporar algunas tradiciones en programas ya existentes. Requiere reconciliar dos formas de entender el mundo que con frecuencia han coexistido en tensión: la visión biomédica occidental y las concepciones indígenas de salud y bienestar. Ninguna posee todas las respuestas. Pero juntas pueden ofrecer soluciones más completas a problemas cada vez más complejos.

Con más de 600 millones de personas que podrían sufrir inseguridad alimentaria en 2030, seguir haciendo lo mismo difícilmente producirá resultados diferentes. La evidencia apunta a que la resiliencia alimentaria del futuro dependerá tanto de la innovación científica hasta llegar a la nutrición y sanidad personalizadas, como de la recuperación de conocimientos que nunca debieron ser ignorados. Somos lo que hacemos y lo que comemos.

*Profesor de la UCO

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