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Opinión | Tribuna abierta

A propósito del mundial de fútbol

Siendo el fútbol un deporte que yo he practicado y me gusta ver, quizás lo más significativo sea cómo levanta pasiones y enardece los espíritus hacia un sentido identitario de la comunidad local o nacional con la anulación del propio interés y equidad. Pan y circo. «Se lo merecen todo», se oye decir con frecuencia a personas que viven en la subsistencia tras jornadas de 14 horas diarias de trabajo refiriéndose a los jugadores varias veces millonarios. El individuo y sus necesidades queda subsumido por este efecto alienador. He visto personas jugando al dominó en la terraza de un bar y al oír ¡¡GOL!! han abandonado su juego y entrado corriendo al bar donde retransmitían un partido preguntando excitados : «¿Quién juega? ¿Quién juega?». En este campeonato del mundo tras la victoria de España a Francia un entrevistado por una cadena televisiva a la pregunta: «¿Qué sintió en ese momento en que Porro marcó el gol?, respondió: «Una felicidad inmensa. No me hubiera importado morirme en ese momento». La pregunta se repetía como un acontecimiento semejante a aquel histórico que al cabo de meses y años llegó a ser un tic psicótico sin dejar de ser una estrategia política: «¿Dónde estaba usted cuando cayeron las Torres Gemelas de New York?».

Naturalmente en esta «cancha» y con estos ciudadanos los políticos marcan sus «goles». Baste recordar las declaraciones del expresidente Rajoy de que en el equipo de Francia no juegan franceses, confundiendo intencionadamente nacionalidad con raza o etnia en sintonía con los racistas patrios y olvidando, por ejemplo, al equipo de EEUU. O la incredulidad con la que se recibían los resultados en los que naciones consideradas inferiores y del «sí, bwana» ganaban o se dejaban la piel antes de perder. (Piénsese en Cabo Verde al que esperábamos golear o la eliminación de Alemania por Paraguay...).

Pero la más sorprendente para mí ha sido escuchar en una cadena de la ultraderecha española, tras el partido Argentina-Egipto (muy cuestionada en el resultado por el arbitraje), la jactancia de superioridad y orgullo con la que se referían a la «Argentina de Milei» como el no va más. Que yo sepa, no es común identificar al equipo nacional con el régimen político o el presidente de turno y tal vez hablaban como pertenecientes al territorio trumpista o comanche. No sé. Lo cierto es que el futbol se usa en muchos casos como un arma política, algo así como la guerra por otros medios, y caso sería que no conviniera animar mucho a los egipcios con un Oriente Medio en llamas. Y, tan cierta es esta utilización, que en el partido Inglaterra-Argentina se exhibían pancartas reivindicativas de las islas Malvinas (en poder británico) y cuyo resultado futbolístico los argentinos consideraron una «victoria simbólica» (parece un chiste inglés, ¿no?). En fin, si con los egipcios fue un robo, con los ingleses fue un espejismo.

Pero a lo que vamos: ¿la «Argentina de Milei» se enfrentó en la final de la Copa del Mundo a la «España de Sánchez»? Bueno, pues ahí está el resultado.

*Político y periodista

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