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Opinión | Calma aparente

Eternidades minúsculas

Nos enorgullecemos de nuestras ciudades, si lo hacemos, por diferentes motivos. En Córdoba, por ejemplo, los habrá que veneren la Mezquita o el Alcázar. En cada ciudad, claro está, presumen de lo suyo; todas tienen una plaza, una iglesia, unas vistas o una receta que ensalzar. En Alicante, donde estoy ahora, se precian de tener un clima inigualable, y lo cierto es que aquí apenas llueve, el cielo suele estar despejado y la temperatura acostumbra a ser agradable. Esto no es ninguna tontería: cualquiera no puede pasear por la playa en noviembre o comerse un arroz a banda junto al mar en febrero. Por cuestiones como esta, se comprende la afluencia de extranjeros. Ahora bien, a veces la suerte puede convertirse en maldición y, en el caso de Alicante, la asunción general de que el tiempo es inmejorable impone una peligrosa norma no escrita: no quejarse nunca, bajo ningún concepto, del frío ni del calor, sobre todo si hay forasteros cerca. Según este acuerdo tácito, nadie puede recurrir o confesar haber recurrido a aires acondicionados o calefacciones; aquí, en este edén, no son necesarios ese tipo de cachivaches. ¿Las consecuencias de este imperativo social? Pues que la gente no solo pasa frío en invierno y calor en verano, sino que, además, debe fingir lo contrario. En pleno julio, por ejemplo, se suda de noche y de día, pero solo se enciende el aire en caso de lipotimia inminente, y se apaga tan pronto como uno recupere un poco el tono. El amor, como todos sabemos, ciega a menudo.

En otras etapas de mi vida, sin duda, me habría revuelto contra las circunstancias. Pero ha pasado el tiempo y sé transformarme en maestro zen cuando la ocasión lo merece. Me digo que el sudor es mental y, aunque no sea cierto, al menos me río y se me olvida un rato. También podría obsesionarme con el ruido de las urbanizaciones: la sopladora, el cortacésped, la podadora. Pero dejarse ofuscar por minucias así solo conduce a la locura, y temo tanto a la locura como a la muerte. Así que prefiero concentrarme en los paseos mañaneros, las lecturas o las siestas durante las que una ligera brisa acaricia mis pies descalzos. Además, por la noche, la temperatura baja considerablemente. Entonces nos abrimos un botellín de cerveza, salimos a la terraza y brindamos al fresco. Como no estamos en Córdoba, podemos hacerlo. De esta forma, sin darnos cuenta, neutralizamos el paso del tiempo, lo que solo puede conseguirse, paradójicamente, entregándose uno al instante. Nunca estaremos tan cerca de la eternidad como en esos brevísimos momentos de despiste.

*Escritor

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