Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Cielo abierto

Triste, solitario y final

Veinte años después, sigue habiendo belleza crepuscular en el último partido de Zinedine Zidane. La gente se ha quedado con el cabezazo a Materazzi, que no fue para tanto y además le costó la expulsión. Pero esa selección francesa que pierde la final del Mundial en 2006 ya es un ocaso en sí mismo, con muchos jugadores en su última danza. No sólo Zidane, de 34, como Thuram. También está el portero, Fabien Barthez, que tiene 35; Claude Makélélé, con 33 y Sylvain Viltord, de 32. Es la generación que ha ganado el Mundial de Francia ocho años antes, en el 98, y la Eurocopa de Bélgica y Países Bajos en el 2000. Por eso el seleccionador, Raymond Domenech, sigue apostando por ellos. Francia no está entre los favoritos, aunque los «abuelos del Mundial», como los llama el diario alemán ‘Bild’, llegan a la final. Pueden ganar, pero Marco Materazzi se cruza con Zizou. El italiano no para de agarrarle la camiseta y Zidane le pregunta si quiere quedarse con ella. «Prefiero a tu hermana», contesta Materazzi, y Zinedine da rienda suelta a su cabeza. Materazzi se tira, teatrero y cobardón. En ese cabezazo se queda la final, la trampita italiana y el honor de Zidane. Pero también la belleza robada a los franceses, con unos jugadores que atesoran sus últimos pasos de baile sobre el césped, y los saben vivir.

Este Mundial de veinte años después tiene también mucho de ocaso generacional. No es tanto un equipo, sino varias figuras las que dicen adiós: Cristiano Ronaldo, Luka Mocric, Mohamed Salah, James Rodríguez y, por supuesto, Lionel Messi, que culmina la gran semifinal frente a Inglaterra después de ser llevado entre algodones arbitrales. Quizá merece estar en la final; pero, a la semifinal, la FIFA lo lleva a hombros. Cada uno es una manera de entender el fútbol y la vida y todos han luchado con sus propios demonios.

Viendo cómo la música orquestal de la FIFA favorece a la selección argentina, pienso en la imagen de Lionel Messi con Donald Trump. Estos días he vuelto a estar muy norteamericano, y bastante argentino, leyendo ‘Triste, solitario y final’, la divertida novela con aire de cine negro de Osvaldo Soriano, que se sitúa como personaje junto a un Phillip Marlowe derruido, no crepuscular, que parece abocado a su propio desastre. Hay que retirarse sin largo adiós, pero con el cuchillo entre los dientes. Así se despide Cristiano Ronaldo, que sigue siendo el niño de la calle dispuesto a pelearlo todo, y así espero que España pase mañana por encima de una mala novela con el final demasiado previsible. Se despide una época y llega esta España joven llena de españoles muy españoles, con un juego de equipo que nos hace creer, como en el Liverpool, que jamás caminaremos solos.

*Escritor

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents