Opinión | Cosas
Días de fútbol
El fútbol todo lo abarca. Apenas medio año para conmemorar a esa generación que se arrogó la invocación del más insigne de nuestros poetas. Dámaso Alonso fue el sumo sacerdote que alimentó la llama gongorina mientras Alberti cabriolaba con el fútbol y con la mar. Suya es la oda a Platko, ese oso rubio de sangre; el guardameta húngaro que siguió jugando con seis puntos en la cabeza en las campas del Sardinero. Aquellos versos de 1928 vienen a ser las crónicas emilianenses de un deporte que ha derrochado tanta pasión y literatura.
Sin ir más lejos, la actitud de Infantino se acerca más a la aviesa codicia de Shylock en ‘El mercader de Venecia’ que a la melancólica nobleza de Yurick, el bufón de la corte de ‘Hamlet’. En sus memorias, Infantino habrá de emplear muchos retruécanos para escapar de esa patética adulación a un Presidente americano que, más que la campana de Filadelfia añora la lira de Nerón. Pase lo que pase, Trump manifestará su ciclotimia hacia cualquiera de los cuatro países que pueden alzar la copa delante de sus narices. Hoy es 14 de julio, el día de la Bastilla y la reminiscencia jacobina de los árboles de la Libertad, aunque Francia dispone de un calendario de días festivos asociados al santoral mayor incluso que España. Trump envidia la esquizofrenia de Versalles bajo los principios republicanos, el do sostenido de Macron por guillotinar a un rey para luego envolver la Grandeur con gorras frigias, pero también con capas de armiño. Y también con esa diversidad étnica que incomoda la carrera presidencial de Marine Le Pen y evidencia a Rajoy por una ocurrencia sin gracia.
La otra semifinal me traslada a un fascinante túnel del tiempo. Aquel 22 de junio de 1986 un servidor estaba como reportero de Radio Universidad, cubriendo las elecciones desde la sede del PSOE. Lo de menos eran los resultados -eran tiempos felices para los socialistas-. Más que las gráficas de resultados, lo que me pasmó aquella noche fue el gol de Maradona. Mario Benedetti le dedicó un poema a la «mano de Dios», pero posiblemente nunca habrá un mejor soneto en un campo de fútbol que los 52 metros recorridos en 10,6 segundos para dejar atrás a cinco jugadores ingleses. Fue el desquite de los argentinos por la guerra de las Malvinas, pese al escapismo de Galtieri y toda la Junta que buscaba en esa vindicación patria la mejor cortina de humo para la agonía de la dictadura. Cuarenta años después la Argentina de Messi cuenta con la empatía favorable de la FIFA y el rechazo a ese seguidismo pelirrojo que enarbola motosierras. Por el contrario, Inglaterra se ha vuelto más ‘cool’ porque 60 años sin ganar le impregna un aroma quijotesco, coreando el Wonderwall de Oasis.
¿Y España? El fútbol tiene la milagrosa virtud de conciliar voluntades. Y el festejo de un gol aúna a un quinqui y a un magistrado; a un cayetano y a un abertzale, aunque tenga que reprimir la celebración del gol de un vasco de la selección. Ver a Javier Bardem con la elástica nacional ha podido ser para muchos tan sorprendente como cuando Carrillo compareció y transigió con la bandera rojigualda, uno de los grandes iconos gráficos de la selección. Ojalá esta noche esté más cerca el sueño de la segunda estrella.
*Licenciado en Derecho, graduado en Ciencias Ambientales y escritor
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