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Opinión | Calma aparente

Vikingos y chupinazos

Tarde o temprano, tenía que pasar: he vuelto al trabajo. Es un mal que debe aceptarse con resignación, como los impuestos (las alusiones a la ambición o la filantropía suelen ser solo artimañas con las que embaucar a los incautos). En mi caso, además, trabajar significa irme de Córdoba. El mal trago podría aliviarse si estuviese destinado en un lugar más fresco, pero no he tenido esa suerte, no me he librado de las noches de sudor e insomnio. La única diferencia manifiesta es que veo mucho campo a mi alrededor, lo que no implica una dosis mayor de inspiración, aunque se respira mejor.

Tan pronto como llegué, comprobé que el espíritu de la selección noruega había calado más que el de cualquier otra, como ha sucedido en el resto del mundo, y es que el remo vikingo, celebración de origen reciente, se ha convertido en la fiesta a la que todos quieren sumarse. Un tipo golpea un tambor y los que lo acompañan, unidos, responden a cada estruendo simulando que reman y emitiendo un grito guerrero. Se trata de una coreografía con aires primitivos, fácil de representar y de sentir; es, por tanto, perfecta tanto para una celebración futbolera como para animar una juerga. Este verano, de hecho, los borrachos vuelven remando a casa hasta en la Alcarria. Noruega puede no ganar el Mundial, pero el resultado ya da igual. La gente quiere alardes vikingos, griterío desaforado. Cualquiera celebraría una victoria de los noruegos: eso garantiza una farra inolvidable.

También están remando en los sanfermines. Es posible que nunca en mi vida vaya en estas fechas a Pamplona, y es más que probable que jamás corra delante de un toro; ahora bien, no me pierdo ninguno de los encierros. Me sorprende mi interés, pero no puedo negarlo. Después de cada encierro me sobreviene la sensación de milagro. Parece imposible que la tragedia no sea diaria: carreras frenéticas, tropezones, empujones, móviles en lugar de periódicos enrollados. Sin darme cuenta, voy familiarizándome con el ritual y su nomenclatura: estafeta, Telefónica, heridos por asta de toro. Un encierro de San Fermín es un estallido de vértigo de poco más de dos minutos. Mezcla estrechez, velocidad, peligro y pánico. La masa de gente apenas permite ver a las reses. Frente a la televisión, nadie mueve ni un músculo. Ya en la plaza, se ensanchan los espacios y se puede respirar. El final se celebra con un suspiro, como las películas de miedo.

Más allá de cuestiones políticas y domésticas, así se resume julio: mundial y chupinazos. La semana que viene le añadiré un poco de Mediterráneo.

*Escritor

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