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Opinión | Para ti, para mí

‘Magnífica humanidad’:10 claves esenciales

Los compases del descanso veraniego entonan una sinfonía de paisajes atrayentes, de viajes proyectados, de visitas con las que hemos soñado, y también, de un tiempo que nos permite adentrarnos en espacios luminosos y cercanos al misterio y a la sublimidad, como los de los conventos y monasterios, los del silencio sonoro, los de la lectura que nos sumerge en argumentos que refrescan nuestra sensibilidad o nos acercan a nosotros mismos, enriqueciendo la mente, la conciencia y el corazón. Una de esas vivencias podemos centrarla en conocer por dentro la primera Encíclica del papa León XIV, -Magnífica humanidad-, en la que nos ofrece un cuidadoso análisis de los riesgos y oportunidades que conlleva la Inteligencia Artificial, remarcando, sobre todo, una de sus especiales características, descrita bellamente por el Papa, la de «no ser neutral», aportándonos como razones principales, «porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza». «Por eso, subraya también, la primera elección no es entre un «sí» o un «no» a la tecnología, sino entre levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». Me gustaría que, en unas líneas, tomáramos buena nota de sus «claves». Primera, la Magnífica humanidad es una encíclica social, dado el carácter programático que suele tener una primera encíclica pontificia. Segunda, se sitúa en la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia, iniciada por León XIII, hace ya 135 años, para responder a otra «revolución industrial y a los desarrollos de la IA, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo». Tercera, es una encíclica que se mueve dentro del ámbito de la teología y, a la vez, está abierta a creyentes y no creyentes. Cuarta, el Papa nos descubre su verdadera finalidad: «Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne». Quinta, esta encíclica «entraña una ética que apunta al desarrollo humano integral», señalando la necesidad de desarmar la IA, «lo que no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano». Sexta, el Papa propone principios, criterios y orientaciones concretas y apela al «discernimiento y la responsabilidad». Séptima, estos principios están en gran medida centrados en «la dignidad de la persona humana, el bien común y la necesidad de trabajar con un desarrollo humano integral». Octava, el Papa apela a la responsabilidad de todos, cada uno en su lugar, «quienes diseñan, desarrollan y usan la IA, quienes la regulan, la sociedad civil y cada ciudadano». Novena, el pontífice abre la mente a considerar la tecnología y la nueva etapa de la humanidad desde la espiritualidad. Décima, el Papa nos desvela como última clave: «La innovación tecnológica puede ser, en cierto modo, una forma humana de participación en el acto divino de la creación». No he tratado de hacer un «resumen» de la primera encíclica de León XIV, sino de «elegir» sus claves para que la comprendamos mejor. Y una importantísima conclusión: «El humanismo cristiano no rechaza la ciencia ni la técnica, sino que la asume con gratitud y realismo, y la sitúa con los pies en la tierra, dentro de una vocación más alta» (MH, 29).

Hoy, en el evangelio que se proclama en las eucaristías dominicales, Jesús nos ofrece la parábola del sembrador, tan conocida y tan actual. La parábola se refiere, sobre todo, a nosotros, ya que habla más del terreno que del sembrador. El sembrador es Jesús, la semilla es inmortal, su palabra es eterna. «¿Cómo puede dar fruto?». Si nosotros la acogemos. Nuestro corazón, como la tierra, puede ser bueno y, entonces, da fruto; pero también puede ser duro e impermeable, y no acoge la palabra. Hay dos «terrenos intermedios»: Un terreno «pedregoso» donde no hay mucha tierra, y la semilla no echa raíces, y un terreno «espinoso», lleno de zarzas que asfixian a las plantas buenas. ¡Cuántos mensajes para nosotros! Me vienen a la memoria los versos de una monja jerónima, sor Cristina de Arteaga, que estuvo en Córdoba: «Sin saber quien recoge, / sembrad, / serenos, sin prisas, / las buenas acciones, palabras, sonrisas… / Sin saber quien recoge, dejad / que se lleven las siembras las brisas…».

*Sacerdote y periodista

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