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Opinión | El cuerpo en guerra

Sola

Una losa. Encima. Abrasadora. Que me arrastra a lo profundo de mí misma, al animal de fondo que soy y que solo quiere dejarse hundir y desaparecer. Las horas se hacen eternas mientras vivo en penumbra, con las persianas echadas, ansiando que pase el día de hoy y mañana con suerte sienta algo distinto. ¿Algún impulso quizás? Soy incapaz de mantener la concentración como para leer o escribir. Cualquier intento acaba con la parte funcional de mi cerebro y pide dormir. Y duermo. Me duermo sin darme cuenta y, de repente, un libro me golpea la cabeza o suena el teléfono o algún ruido en la televisión me devuelve a una realidad en la que pretendía entretenerme.

Mientras, la vida fuera sigue. La gente se va de vacaciones, la gente sigue trabajando. La gente ríe. El PP y Vox votan en contra de que el Gobierno blinde por ley la cofinanciación del 50% la Ley de Dependencia pese a que llevan años reclamándolo y los beneficiarios de ella no entienden de tendencia política. Incendios siguen arrasando nuestro medio natural y cobrándose la vida de varias personas. Trump vuelve a bombardear Irán. El ICE sigue matando a inocentes. Erdogan regala un revolver personalizado y balas a los líderes de la OTAN. El récord de reservas de pisos turísticos copa Europa mientras nos quejamos de la gentrificación de las ciudades. Análisis y más análisis y más citas médicas para tenerme presa este verano en Madrid. ¿Tendré también hipotiroidismo? ¿Preocupan a algún médico los depósitos de líquido que deforman mis tobillos y me causan dolor al andar? ¿Acaso me importan a mí? ¿Cuándo desistiré de ir a más consultas médicas?

Llegan gritos a mi apartamento que presupongo que provienen de goles de España en el Mundial. Estoy sola. Me siento tremendamente sola. Nada ni nadie puede paliarlo.

Un amigo dice que seríamos más felices si creyéramos en Dios y nos entusiasmara beber cerveza viendo en Mundial. Le replico que para creer en Dios no puedes haber estado al borde de la muerte tantas veces como yo, que para beber cantidades ingentes de alcohol no puedes tener dolor crónico ni te ha podido dar un ictus que haga que beber una sola caña te produzca un terrible dolor de cabeza.

Pido ayuda urgente a mi psiquiatra, pido ayuda urgente a mi psicóloga. Aguardo impaciente la hora de tomar las pastillas que hagan más pasable esta angustia que oprime mi pecho y mi garganta. Y lloro. Y lloro. Y Toffee ya no está. Y no me importa nada más lo suficiente. Ni siquiera la poesía.

¿De verdad esto merece la pena?

No puedo vivir sólo para que los demás no sufran mi pérdida.

*Escritora

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