Opinión | La vida por escrito
Sobrevivir en un mundo acelerado
Vivimos en una crisis permanente. Apenas terminamos de digerir una pandemia cuando llega una guerra; a la inflación le sigue la incertidumbre climática; la revolución de la inteligencia artificial convive con una epidemia silenciosa de ansiedad, soledad y depresión. El problema ya no es enfrentarse a una crisis, sino hacerlo mientras otras más se solapan y se alimentan entre sí.
Para describir este fenómeno ha empezado a popularizarse un término: policrisis. El concepto no se refiere a una mera acumulación de problemas, sino a la interacción entre ellos. Una crisis económica agrava la desigualdad; la desigualdad alimenta la polarización política; la polarización dificulta afrontar el cambio climático; este, a su vez, genera nuevas tensiones económicas y migratorias. El resultado es un círculo vicioso cuyo impacto es mucho mayor que la suma de cada crisis por separado.
Pero quizá el síntoma más preocupante de esta policrisis haya que buscarlo en nuestro ánimo colectivo. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, la soledad se ha convertido en uno de los grandes problemas de salud pública. Jamás habíamos disfrutado de tanta información y, paradójicamente, campan a sus anchas la incertidumbre, la ansiedad y la sensación de vivir permanentemente a la defensiva. Tampoco es casual que aumenten los trastornos mentales, que la natalidad se desplome en buena parte del planeta o que enfermedades asociadas al estilo de vida, como la obesidad y la diabetes, sigan expandiéndose.
Un trabajo publicado recientemente en la revista ‘Behavioral Sciences’ propone una explicación sugerente. Sus autores, del Singapore University of Technology and Design, sostienen que buena parte del malestar contemporáneo podría entenderse como una suerte de desajuste evolutivo. Como recuerdan los investigadores, nuestro cerebro evolucionó durante cientos de miles de años bajo la influencia de las relaciones personales, cuando el estatus social se medía dentro de pequeños grupos de individuos y las amenazas eran inmediatas y fáciles de identificar.
Sin embargo, en apenas dos siglos hemos construido un mundo radicalmente distinto. Hoy vivimos en megaciudades, interactuamos con miles de desconocidos a través de pantallas y competimos constantemente con personas que ni siquiera conocemos. Nuestro cerebro sigue siendo prácticamente el mismo ante un entorno totalmente diferente. Y ese desajuste explica muchas paradojas modernas. El impulso por comparar nuestra posición dentro del grupo fue una herramienta evolutivamente útil para mantener la cooperación y detectar amenazas sociales. Hoy ese mismo mecanismo se activa cada vez que abrimos Instagram, LinkedIn o TikTok.
La comparación, que antes se limitaba a unas pocas personas del entorno cercano, se ha convertido en una competición global e ininterrumpida. Siempre hay alguien más atractivo, más exitoso, con mejores vacaciones, un salario superior o una carrera profesional aparentemente perfecta. Nuestro cerebro interpreta esas señales como si procedieran de nuestro grupo tribal, aunque en realidad provengan de desconocidos al otro lado del planeta.
No es extraño que terminemos exhaustos. Los autores sitúan precisamente la competencia permanente en el centro del problema. Competir forma parte de la naturaleza humana. Lo novedoso no es la competencia, sino su intensidad, su continuidad y la imposibilidad de desconectar de ella. Antes uno volvía a casa y el grupo desaparecía hasta el día siguiente. Hoy el grupo nos acompaña en el bolsillo las veinticuatro horas del día.
Tal vez sea esa una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Hemos transformado el planeta mucho más deprisa de lo que somos capaces de transformarnos a nosotros mismos.
*Profesor de la Universidad de Córdoba
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