Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Punto y coma

Pasaporte

Hoy partimos de una precisión lingüística (‘emigrante’ vs. ‘inmigrante’) para tratar de desembocar en una reflexión social. Cuando alguien parte de su país, es un ‘emigrante’. La emigración puede hacerse por voluntad propia, o bien puede ser de carácter forzoso, cuando un ser humano está muriendo de hambre o teme a diario que las bombas que no cesan acaben con su vida y la de los suyos. Ahora bien, cuando se llega al nuevo destino, allí se deja de ser ‘emigrante’ y se pasa a la condición de ‘inmigrante’, lo cual conlleva demasiados matices y numerosas adversidades.

En ambos casos, hay un documento que facilita mucho la vida a quienes lo tienen en su poder: el ‘pasaporte’. Este no deja de ser un cuaderno de papel en cuyo interior hay pocas páginas. Sin embargo, para unos representa el último vínculo con la tierra que dejan atrás, o la posibilidad de comenzar una vida nueva; para otros, en cambio, es la única prueba de demostrar quiénes son. Hay quienes lo muestran con orgullo, quienes lo esconden por miedo y quienes, sencillamente, ya no pueden utilizarlo. Es interesante advertir que, mientras millones de personas darían cualquier cosa por obtener un pasaporte que les permitiera comenzar una vida digna, otros descubren demasiado tarde que poseerlo no garantiza impunidad ante la ley ni libertad de movimientos. Y es que, en efecto, los documentos alteran su valor cuando cambia la conducta de quien los porta.

El pasaporte y la lengua de cada uno tienen algo en común: ambos dicen de dónde venimos, pero no determinan quiénes podríamos llegar a ser. El primero se expide; la segunda se hereda o se aprende. La dignidad, sin embargo, se conquista. Y esta no entiende de pasaportes, ni de visados, ni de fronteras.

*Lingüista

Tracking Pixel Contents