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Opinión | A pie de tierra

El planeta de los simios

«La inteligencia artificial..., en el contexto de las ciencias de la computación, es una disciplina y un conjunto de capacidades cognoscitivas e intelectuales expresadas por sistemas informáticos o combinaciones de algoritmos cuyo propósito es la creación de máquinas que imiten la inteligencia humana». Así define Wikipedia la nueva herramienta que amenaza con cambiar al mundo, e incluso a nosotros como individuos. El volumen de información sobre ella es inabarcable, por lo que existen multitud de formulaciones, pero ésta resume bastante bien sus bondades y sus amenazas.

Con su infinita capacidad de aprender de la experiencia y de los datos que permanentemente se le suministran, la inteligencia artificial -aún en sus inicios, no lo olvidemos- será pronto capaz de sustituir por completo a la mente humana, con una capacidad resolutiva muy superior a ella y diferenciada tan sólo, en principio, por la falta de sentimientos. Tanto es así que, según los últimos estudios, tiene incluso sesgo ideológico. Seguro que muchos de ustedes la usan ya, en sus trabajos, en sus estudios o en su vida personal; porque bien utilizada es de enorme ayuda dada su rapidez, su capacidad de síntesis y la cantidad ingente de información que atesora. El problema es cuando se pone al servicio del poder, el odio, la mentira, la maldad o la guerra. Se convierte entonces en un arma de destrucción masiva, de la que es difícil protegerse.

Supongo que soy uno de los pocos irreductibles que de momento se resiste a utilizarla; pero sé que se sirven de ella las administraciones públicas para, entre otras aplicaciones, realizar informes y ahorrar esfuerzos; los estudiantes, para hacer trabajos o no tener siquiera que leerse un libro; profesionales como los médicos para facilitar sus diagnósticos; escritores y artistas como motor de creación; matemáticos y lingüistas, fascinados por su potencialidad... Como docente me preocupa mucho el uso que le da ya el estudiantado, porque en los próximos años va a obligar a las universidades a cambiar los fundamentos de la docencia y la carrera académica. Todavía quedan resquicios de inexactitudes que permiten a los profesores detectar cuándo se ha utilizado de forma fraudulenta, pero en poco tiempo no habrá forma de saber si un trabajo fin de grado, un trabajo fin de máster, una tesis doctoral o un artículo, han sido elaborados por la inteligencia artificial. ¿Quién se va a parar a leer cientos de publicaciones, cuando ChatGPT se las puede resumir en poco más de un minuto? ¿Quién va a redactar un texto científico cuando, incorporando los parámetros adecuados, la inteligencia artificial es capaz de hacerlo bastante mejor en sólo segundos? Son dos ejemplos de los muchos que podría traer a colación, pero que bastan por sí mismos para poner la piel de gallina.

El tema es tan alarmante que hasta el propio papa León XIV, matemático de formación, preocupado ante las profundas implicaciones éticas del mismo, lo ha convertido en hilo conductor de su encíclica ‘Magnifica Humanitas’. Nos falta perspectiva, y es muy posible que quienes tenemos ya una edad no lo veamos, pero si el ser humano sigue confiando la capacidad de pensar a las máquinas, a medida que éstas se vuelvan más capaces habrá un momento en el que entrará en franca involución y un día se despertará a los pies de la estatua de la Libertad semienterrada en la arena, porque habrá vuelto de pronto al planeta de los simios (los de Darwin). Sólo que en ese mundo probable los simios serán simples monos chillones, gobernados por una mente artificial.

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