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Opinión | Caligrafía

Fútbol

Los españoles sabemos de jamón, catolicismo y fútbol aunque no nos guste el jamón, no creamos o no nos guste el fútbol. Es una cuestión de osmosis. Se va ligando el conocimiento en las fiestas, los corrillos, las mesas camillas de las abuelas, las charlas ligeras y los telediarios. Es imaginable un día muy normal en el que un español esté sometido al tirón de estos vectores deslizantes, o que en un mismo acto haya jamón, misa y fútbol en algún orden. Esto no es ni bueno ni malo, aunque podríamos tener algún pensamiento pecador, como que si se dedicara igual tiempo a otra cosa que al fútbol pues quién sabe, tal vez sabríamos de otra cosa. No es que nuestro conocimiento sea de calidad, creemos que sabemos más que sabemos, pero sabemos qué parte del jamón nos gusta, conocemos un par de disputaciones y añoramos el juego vertical. A mí el fútbol me aburre, y cuando digo alguna majadería mis amigos futboleros la reciben como la invención obvia de un niño, y si por chiripa digo algo llamativo me lo celebran animosos. Se nota mucho cuando el fútbol se ha aprendido así, como un inevitable del patio o la playa o el parque, y no como deporte exótico en un tema teórico de educación física. Bien: el fútbol en los últimos años parece regulado y arbitrado por gente a la que no le gusta el fútbol. Nadie que haya pegado pelotazos en una pista de cemento puede estar a favor del VAR y sus viajes en el tiempo y sus anulaciones absurdas y aburridas. Ya era duro que en un deporte en el que hay que meter goles se metan poquísimos y que pavos de uno ochenta y cinco se desmonten como ‘crash dummies’ al roce. Ahora encima los goles son cuánticos.

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