Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | CALMA APARENTE

Usar Madrid

Convertí una escala en Madrid en la protagonista de la historia. Aproveché la coyuntura para pegarme, perdón por el exceso de coloquialismo, un homenaje de tres pares de cojones. El viaje en tren no podía hacerse de forma directa; era necesario un transbordo, así que ensanché la parada e ideé un plan hedonista con el que compensar mis tediosos quehaceres. Tenía un folio en blanco de veinticuatro horas a mi disposición.

Me recogió en Chamartín un amigo vallisoletano a quien no le altera el ánimo ni una ciática, y empezamos la jornada en la librería Celama, donde cumplimos con la tradición de regalarnos un libro (él, a mí, Ayer, de Agota Kristof; yo, a él, Serotonina, de Michel Houellebecq). Efectuado el trámite literario, comimos en la barra de La montería, donde nos explayamos: cecina de venado, gambas con gabardina, arroz meloso con zamburiñas y solomillo de ciervo al vino. Lo dicho: un homenaje. Pero el festín acababa de empezar. Después fuimos al hotel Santo Mauro como si aquello fuese lo más normal del mundo, y nos bebimos una copa en un salón fastuoso en el que la gente que nos rodeaba era de lo más entretenida; en la mesa de al lado, un grupo de sexagenarias polioperadas comentaba los beneficios de doblar el consumo de benzodiacepinas; en la de enfrente, una modelo altísima y delgadísima, vestida con unas botas negras de plataforma, una camiseta negra con un corazón en llamas y unos pantalones vaqueros cortos y rasgados, es decir, con un aire de sicaria del este aderezado con un toque cani, le daba sorbitos a una copa de champán y miraba el móvil con displicencia. Antes de rematar la faena, movimos un poco las piernas.

El colofón fue el concierto de Van Morrison. Los padres y abuelos de media España, vivos y muertos, estaban entre los asistentes. Empezó el concierto y el león de Belfast se mostró, desde el principio, colosal. Sencillamente, ofreció un concierto al alcance de muy pocos. Algunos se obstinan en aludir a su edad y su delgadez; se empeñan en atender al dedo y no a la luna, cuando lo que se hizo evidente, de nuevo, fue la grandeza del músico. Emocionaban sus quejidos filtrados por sus paletas separadas, sus solos de armónica o saxo, su entrega. Uno entiende a veces a los que renuncian a la novedad y se refugian en sus altarcillos musicales. Durante las improvisaciones virtuosas, mi mente divagaba; volví al pasado y caí en la cuenta de lo útiles que pueden llegar a ser los recuerdos. Fue un fin de fiesta extraordinario, una exitosa escala en la capital. En definitiva, usé Madrid y me fui.

*Escritor

Tracking Pixel Contents