Opinión
La estupidez
En 2016 los británicos votaron por la salida de la Unión Europea. Ahora se cumplen diez años y el resultado político ha sido el de un período de extraordinaria inestabilidad con la caída de seis primeros ministros. Entre los que encabezaron el NO a Europa estaban Boris Johnson y Nigel Farage. Johnson cayó, pero Farage con su partido Reform UK lidera las encuestas ante una eventual convocatoria electoral.
Farage es reconocido como el principal impulsor del Brexit. Según el Banco de Inglaterra, la economía británica ha experimentado una reducción del 6% en su PIB por los efectos derivados de la salida. El comercio exterior se vio reducido por la complejidad burocrática de las exportaciones en sectores claves. Muchas multinacionales trasladaron sus sedes o sus operaciones principales a otras ciudades europeas. Las limitaciones a la inmigración han provocado escasez de mano de obra en varios sectores. Los británicos han comprobado cómo toda aquella batería de mensajes que exaltaban las bondades de abandonar la UE eran patrañas o valoraciones populistas sin ningún fundamento, que han conducido a su país a una situación política, económica y social mucho peor a la que tenían hasta 2016. Encuestas recientes desvelan que dos tercios de los británicos apoyarían el regreso a la UE, aunque la clase política se resiste a ello por ahora. Podríamos pensar que el líder de todas aquellas falsas promesas y mentiras, Farage, debería estar muy desprestigiado ante sus conciudadanos y, sin embargo, como dije antes, por ahora lidera la intención de voto. Algo no encaja bien en esta ecuación.
Argentina: Milei fue elegido presidente en 2023. Su simbólica motosierra prometía reducir el gasto público recortando salarios, pensiones, despidiendo funcionarios, reduciendo la educación pública y la sanidad pública. La inflación ha experimentado una drástica reducción, que no es milagrosa en la medida en que ha supuesto una caída intermensual del PIB del 1,5%, una pérdida del poder adquisitivo y una contracción de las inversiones a cambio de una inflación controlada. En general, los índices de pobreza han experimentado un notable crecimiento, especialmente en sectores de población que apoyaron con su voto a Milei.
Estados Unidos votó a un presidente condenado por violación y abusos sexuales. Entre otras promesas, dijo que acabaría con la inmigración y con las guerras exteriores, haciendo a América más grande. Hoy la economía ha empeorado ostensiblemente, los derechos de las minorías se han visto seriamente perjudicados, la más antigua democracia del mundo presenta síntomas claros de enfermedad institucional. Muchas de las promesas que hizo manifiestamente perjudican a muchos de los que lo votaron.
En Europa, el avance de la ultraderecha, que expresa su claro apoyo a Trump y a Putin, crece mientras el mundo es más inseguro desde que ellos han logrado imponer su agenda de fuerza. Esos mismos partidos muestran su simpatía por Israel, que está cometiendo uno de los mayores genocidios desde la II Guerra Mundial, aunque traten de negar lo evidente. Proponen estos partidos reducir el Estado con lo que implica de recortes para las clases más desfavorecidas y, a pesar de ello, donde más apoyo están encontrando en la actualidad es precisamente en aquellos que sufrirán sus políticas si llegan al gobierno. Un mundo inseguro y militarizado es el escenario construido por estos líderes autoritarios que embelesan a los votantes prometiendo justamente eso: violencia, destrucción, inseguridad, recortes, armas, insolidaridad, etc. Hablan de fanatismo climático cuando todos comprobamos cada día las consecuencias directas del uso de los combustibles fósiles, especialmente ahora sofocados por olas de calor constantes jamás vistas.
Podríamos sugerir más ejemplos de esta suerte de paradoja en la que el más perjudicado da su apoyo al que le promete que le dará más sufrimiento a cambio de su voto. Ese agricultor, por ejemplo, que vota a quien le promete que acabará con la llamada burocracia europea de la que precisamente dependen parte de sus ingresos por la PAC. Ese trabajador, al que se le ofrece acabar con los sindicatos y con sus derechos laborales si les vota y que podrá ser despedido con la mayor flexibilidad. Ese padre de familia al que se le promete reducir la universidad pública a cambio de fomentar la privada con un coste de matrícula anual de alrededor de diez mil euros, o al que se le ofrece una formación profesional privada al fascinante precio de seis mil euros. También tenemos ese mayor de sesenta años al que se le garantiza una reducción de su pensión a cambio de contratar un plan privado que debe pagar de su bolsillo. Incluso a esta mujer a la que se brinda una merma de sus derechos y en paralelo se le cuenta lo bien que se vivía con Franco, cuando tenía limitada su capacidad jurídica y de obrar, sometida a la autorización de su marido. Y la joya de las ofertas: la reducción o eliminación de la sanidad pública a cambio de una sanidad privada en la que un cáncer o cualquier otra grave enfermedad tiene severos límites de atención temporal, farmacéutica y asistencial. El modelo es la sanidad norteamericana donde usted puede encontrar personas con gran nivel de renta que se han arruinado a partir de las deudas contraídas por un tratamiento médico. Consulten las hemerotecas. También prometen falta de libertad, control social, censura y represión. Y con todo esto y mucho más, encuentran miles de votos que ya se cuentan por millones a lo largo del mundo. La ultraderecha está creciendo, vendiendo esta mercancía.
Estoy seguro de que, desafortunadamente, mis reflexiones no llegan a quienes debieran, pero al menos mi obligación es plasmar un pensamiento que no baja los brazos frente a esta suerte de locura que nos rodea. Por ello, hoy propongo volver la mirada a Carlo María Cipolla y su conocida obra «Las leyes fundamentales de la estupidez humana». Necesito el consuelo de leer las doctas reflexiones de este economista e historiador italiano que con fino sentido analítico puso al descubierto esta característica esencial de la humanidad. Es cierto que antes, Albert Einstein ya lo había expuesto en su célebre aserto: «Solo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy totalmente seguro de lo primero».
Para Cipolla, los hombres no son totalmente iguales; unos son estúpidos y otros no. El número de estúpidos es enorme, nos dice; personas que antes eran racionales, de repente se vuelven estúpidas. Para él, la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica, de modo que el número de estúpidos en cada grupo social es más o menos similar. Entre los empleados, los estudiantes, los catedráticos, los premios Nobel, el tanto por ciento de estúpidos es semejante.
Cipolla observó que todos los seres humanos se incluyen en alguna de estas cuatro categorías: incautos, inteligentes, malvados y estúpidos. Por razones de espacio no puedo exponer las características de cada grupo, pero sí las de los estúpidos. Un ser estúpido es alguien que causa un daño a otra persona o a otro grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí o incluso consiguiendo causarse a sí mismo un perjuicio. En su teoría, obtenida de la observación analítica, concluyó que entre los burócratas, generales, políticos, religiosos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje de estúpidos, cuya capacidad de hacer daño a los demás se potencia por la posición del cargo que ocupan. La gran pregunta que formuló: «¿Cómo es posible que los estúpidos lleguen a estas posiciones de autoridad?». Y se respondió que los estúpidos que votan tienen en las elecciones una magnífica oportunidad de votar el perjuicio sin obtener nada a cambio y así contribuyen al mantenimiento de los estúpidos en el poder.
Dicho queda, y a ello añado a Schiller: «Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano».
*Catedrático de la Universidad de Córdoba
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