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Opinión | Para ti, para mí

Dios nos susurra: «Venid a Mí»

La liturgia de la Iglesia nos va ofreciendo a lo largo del verano, la vida pública de Jesús, recorriendo los caminos polvorientos de Palestina, enseñando a las gentes, curando a los enfermos, aliviando sufrimientos. Todo esto, sin condenas, sin prohibiciones, sin duras exigencias carentes de sentido, sino abriendo de par las puertas de su corazón: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». El Señor sabe bien que hay muchas cosas que afligen el corazón: decepciones y heridas del pasado, cargas e injusticias que hay que llevar a cuestas en el presente, incertidumbres y preocupaciones por el futuro. Ante todo esto, la primera palabra de Jesús es una invitación a reaccionar: «Venid». Cuando las cosas van mal, el error es no hacer nada. Lo damos por descontado, pero ¡qué difícil es reaccionar y abrirse! En los momentos oscuros tendemos a encerrarnos en nosotros mismos y a pensar que la vida es injusta y los demás son ingratos, que el mundo es malo y cosas por el estilo. Todos hemos pasado por un mal momento. Pero si nos encerramos en nosotros mismos, lo vemos todo negro. Podemos incluso llegar a familiarizarnos con la tristeza que se instala en nuestro corazón y nos deja postrados. Este desgaste, junto con la angustia por el futuro, nos consume. Jesús, en cambio, quiere sacarnos de estas «arenas movedizas» y nos dice: «¡Ven!». Nos ofrece una receta: vivir de manera más sencilla, eliminar pretensiones y encontrar a Dios. La salida está en Él, en tender la mano y alzar la mirada hacia quien nos ama de verdad. Pero no es suficiente con salir de uno mismo, hay que saber adónde dirigirse. Porque muchas metas son ilusorias: prometen un alivio, pero sólo son una distracción pasajera; aseguran paz y diversión, pero dejan tras sí la misma soledad de antes. Son fuegos artificiales. Por eso, Jesús indica adónde ir: «Venid a mí». Muchas veces, cuando algo nos preocupa o nos apena, intentamos hablar con alguien que nos escucha, con un amigo, con un experto... El papa Francisco, con ese tono suyo tan cercano siempre, nos recomendaba a propósito de este pasaje evangélico: «¡No olvidemos a Jesús! No nos olvidemos de abrirnos a él y de contarle lo que nos pasa, de encomendarle personas y situaciones. Quizá hay «zonas» de nuestra vida que nunca hemos compartido con Él y que han permanecido oscuras porque nunca han visto la luz del Señor. Si alguien tiene una «zona oscura» que busque a Jesús, a un misionero de la misericordia, a un sacerdote... Que acuda a Jesús y se lo cuente. Él nos dice hoy a cada uno de nosotros: «¡Ánimo, no te rindas ante los obstáculos de la vida, no te cierres ante el miedo y el pecado! ¡Ven a Mí!».

Dios nos espera siempre, no para resolver nuestros problemas por arte de magia, sino para darnos las fuerzas que necesitamos para hacerlo. Jesús no nos quita un peso, sino la angustia del corazón; no nos quita la cruz, sino que nos ayuda a llevarla. Gracias a Él, el peso se vuelve ligero, porque nos proporciona el alivio que buscamos. Cuando Jesús entra en nuestras vidas, trae consigo la paz que necesitamos para afrontar una prueba o sobrellevar un sufrimiento. El «yugo» se convierte en «caricia». El poeta Tagore transformó este mensaje en un precioso poema, titulado: «Acaríciame»: «Vengo a ti para que me acaricies / antes de comenzar el día. / Que tus ojos se posen / un momento sobre mis ojos. / Que acuda a mi trabajo sabiendo / que me acompañas, Amigo mío. / ¡Pon tu música en mí / mientras atravieso el desierto del ruido! / Que el destello de tu Amor / bese las cumbres de mis pensamientos / y se detenga en el valle de la vida, / donde madura la cosecha». Ha llegado el verano, comienzan las vacaciones, buscando un lugar tranquilo para descansar o para encontrar paisajes que encandilen nuestras sorpresas. No olvidemos en esta hora esa interrogante medio perdida por los caminos: «¿Por qué empeñarse en saber, / cuando es tan fácil amar?».

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