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Opinión

Maribel Lugilde

Cooperación imprescindible

En tantas crónicas que nos dibujan la tragedia inmensa en Venezuela, en las imágenes aéreas o a pie de calle, hay una evocación expresa o inconsciente de escenario bélico. Montañas de ruinas y gentes en shock sin entender su presente. La Guaira podría ser Mariupol o Gaza, con la diferencia de que la batalla en ese punto del Caribe se da bajo tierra, en una frontera tectónica entre dos placas que chocan con todas sus fuerzas. Los otros dos paradigmas de la destrucción contemporánea responden a conflictos desatados por ansia de poder y codicia. Idéntico dolor y destrucción, sí, pero sólo uno inevitable.

EE UU, capaz de asaltar a Nicolás Maduro en su habitación de Caracas, de atacar con nocturnidad supuestas narcolanchas venezolanas con sus tripulantes dentro, no ha desplegado su poderío para paliar el infortunio inenarrable de aquellas gentes. No hay noticia de tecnologías punta ni recursos humanos de élite yendo a montar allí una logística sofisticada de rescate y atención.

Y no porque no haya técnicas, profesionales y entidades especializadas en esta ayuda. Las hay y están allí. Pero con fuerzas disminuidas. Hubo un tiempo en que el porcentaje del PIB dedicado a cooperación internacional estaba en la agenda política. Se hablaba de alcanzar el 0,7% en 2030. Pero el panorama ha mutado desde la llegada de Donald Trump al poder: según el último informe de la OCDE, la ayuda al desarrollo sufrió una caída histórica en 2025, protagonizada principalmente por EEUU, además de Alemania, Francia, Reino Unido y Japón. España se mantiene.

Demostró la bióloga estadounidense Lynn Margulis que lo que garantiza la supervivencia de las especies es la cooperación entre sus miembros para salvarse como grupo. Imagino a Margulis interpretando el terremoto de Venezuela como un mensajito de la evolución: la Tierra estaba antes y se quedará después.

Releo estos días «Niveles de vida», del Premio Princesa de Asturias de las Letras, Julian Barnes. Una obra sobre el duelo que transitó después de perder a su esposa, Pat Kavanagh. Habían regresado de un viaje, ella se sintió mal y murió en seis semanas, víctima de un tumor cerebral. El británico se quedó en shock, pero pudo ir encontrando las palabras para retratar su devastación emocional. El relato es extraordinario.

Barnes, desesperado, incluso se plantea el suicidio, pero entiende después que él es depositario de la memoria de existencia de Pat. Quienes «no han cruzado el trópico del duelo», asegura, no comprenden que «el que alguien haya muerto puede significar que no está vivo, pero no significa que no exista».

La Guaira convertida en trópico de dolor nos descompone, unos y otras buscamos la forma de contribuir a paliar ese tormento. Una lección práctica acerca de la cooperación imprescindible.

*Directora del Centro Integrado de FP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo

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