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Opinión | Cielo abierto

Declaración

De pronto te detienes y formas una historia. No la que cuentas, ni la que imaginas, sino la que eres. No la que proyectas, sino la que te ubica, con todas esas voces y los rostros que se quedan debajo de todos los tejidos, que son un tatuaje que conducen a tu interior nuboso. Escribo el artículo el día de mi cumpleaños, después de haber grabado el pódcast para RNE de mi sección No eran molinos. Clásicos de Literatura Española. Esta vez, La voluntad, de Azorín. Ha sido casual, pero cuánto de voluntad noventayochista hay en la escritura. Siempre me han gustado los cumpleaños, y llevo toda la mañana de este sin parar de escribir: primero el guion del pódcast, antes de locutarlo; después, un artículo para Publishers Weekly, y ahora este, el de Diario CÓRDOBA, para el sábado.

Tengo que dejar el teléfono en silencio para poder concentrarme relativamente. Va a ser una celebración alargada, pero comienza con todo lo que soy: escribiendo. Estoy además en Córdoba, con mis padres y mi familia cerca. Estoy con mi hijo. Y me siento querido. Supongo que cumplir determinados años consiste en levantarse por la mañana y poder mirarte al espejo. Simplemente observarte, con esa aceptación de todo lo que eres. ¿He dicho ya que estoy con mi hijo? Y con muchos amigos. También puedo mirarme en el espejo con todos ellos, los que me acompañan y me quieren, los que me han hecho ser. Es un camino largo y hay mucha voluntad. Pero de pronto miras hacia atrás, te detienes y sabes que tienes una historia. Y si la miras bien, puedes ver que es mejor que cualquier otra que hubieras podido imaginar. Estoy con todos vosotros. Llevo la mañana por aquí escribiendo. Grabo en la radio. El sol me da en la cara. Comeré con gente a la que amo.

Escribo mi columna en Diario CÓRDOBA. Mi primer artículo lo publico en estas páginas, que siempre me han brindado su hospitalidad, con dieciocho años, sobre Gregorio Ordóñez. Han pasado 32. Soy mi familia. Soy estas páginas. Soy cada palabra y cada brindis, cada noche infinita por esas brumas amplias del amanecer. Ahora soy tus ojos, soy tu piel. Soy tu vestido blanco y tu penumbra, soy tu voz en piscinas infinitas de luz. Vivir es saber agradecer la fortuna que llega con tu nombre en los labios. He tenido maestros memorables. He podido escribir. En fin, que amo la vida y doy las gracias. Mi hijo está hoy conmigo. Ahora llega y me dice hola. Soy feliz. Continúo haciendo doscientas flexiones diarias y tengo mucho por leer, escribir y vivir. Me quedan muchos besos para darte por el norte y al sur de tus palabras. He llegado hasta aquí, no bajaré los brazos y seguiré ganándome la posición en la zona mientras el balón esté en el aire. Os quiero mucho a todos.

* Escritor

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