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Opinión | El cuerpo en guerra

Crónica de una extranjera buscándose a sí misma en su ciudad

Desde que murió Toffee apenas he pasado tres noches sola en casa. O en lo que se supone que es mi casa. He dejado la maleta abierta en el salón y me he dedicado a ir a sitios. Entrar y salir, en bucle. Huyendo. Intentando huir de mí misma, del dolor, de las sombras de las ausencias, pero tan solo he conseguido cambiar el lugar, pero no lo de alrededor: tierra desértica y yerma donde la que no sabe quién soy hace equilibrismos para mantener conversaciones coherentes con personas que siento extrañas, aunque no lo sean.

Esta huida ha hecho que por primera vez en los seis años que lleva existiendo esta columna la escriba desde Córdoba, una Córdoba en la que tengo la sensación de ser una extranjera de mí misma que sigue conservando sus habilidades para soportar «la calor» intactas. Y es que el aire quema y el suelo también y hasta los asientos del teatro de La Axerquía queman al acoger los conciertos del Festival de la Guitarra que no he querido perderme para ver si así recordaba o conectaba con alguna Ana a la que regresar, aunque fuera de otra vida.

Y, sorprendentemente, la vi. Sí, vi a esa Ana que había sido la versión más libre y poderosa de mí misma, la que se pasaba la vida en tren entre maletas y escribía y montaba ‘Otoñeces’ y se enamoraba por primera vez, la que iba al Séneca y después emigró a Madrid. La de los primeros años de carrera, esa que iba a comerse el mundo y, de hecho, conseguía plantarle un buen bocado muchas veces y volvía a casa de sus padres de madrugada, se daba una ducha y se pasaba la noche leyendo. He intentado seguir sus pasos estos días e intentar quedarme sin voz en los directos de Love of Lesbian y Los Planetas, aunque siempre han terminado rodando lágrimas por mis mejillas.

El salitre de esas lágrimas me ha llevado a un lugar momentáneo de paz en medio de la madrugada, de paseos en solitario en una ciudad desierta entre el echar de menos y la posibilidad de imaginar una residencia interior a la que mudarme en un intento de recuperar a la Ana de los primeros 20 que entendía la soledad como libertad y posibilidades. Que aunque ya no estén el Underground, el Soul, la Comuna... hubo una Ana que lo dio todo en ellos y que no paraba de escribir e ir a la biblioteca a por libros y DVDs y hacer planes para escaparse a lugares en los que crecer. He querido aferrarme a ella muy fuerte, no soltarla, meterla de nuevo en mi maleta y llevármela conmigo porque es hora de dejar de huir, de volver al código postal 28011 y quedarme un tiempecito a rehacerme por dentro entre citas médicas, nuevas canas, montañas de libros... E intentar construir una casa en el 1º A sola-sola para esa Ana que podría ser una versión mejorada de la de entonces.

*Escritora

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