Opinión | Tormenta de verano
Nosotros el pueblo
Cuando el 4 de julio de 1776 se firmó la Declaración de Independencia de las 13 Colonias, el mundo observó el desafío audaz al imperio más poderoso de la época. Pero el milagro americano no radicó en la separación de la corona británica, sino en la premisa que fundamentó su nacimiento: que el poder legítimo emana del consentimiento de los gobernados. Hoy, la frase que abre su Constitución «Nosotros el Pueblo sostenemos que estas verdades son evidentes en sí mismas: que todos los hombres son creados iguales, dotados de ciertos derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad», cobra una vigencia urgente: en pleno siglo XXI la supervivencia de la democracia no depende de la fuerza de sus ejércitos, sino de la vitalidad de su sociedad civil y de la firmeza de sus principios éticos. Frente a las crisis políticas y la polarización, la sociedad civil se erige como el motor silencioso que sostiene a la nación. No son las instituciones las que definen el día a día de una democracia, sino los ciudadanos organizados en el tejido social y una prensa libre, espacios intermedios donde se debate el bien común y se limita el abuso del poder.
La democracia, más allá de un sistema procedimental exige un marco ético indisolublemente ligado al respeto de la dignidad de la persona y los Derechos Humanos. No se trata solo de la regla de la mayoría, sino de la protección innegociable de las minorías: la libertad de expresión, el proceso justo y la igualdad ante la ley no son concesiones del Estado; son derechos inherentes que la política debe proteger. Cuando la ética se separa de la función pública, la política se degrada a una mera lucha descarnada por el poder, abriendo la puerta a la corrupción institucional y moral.
El peligro para la democracia no proviene de invasiones extranjeras, sino de la erosión interna. El populismo, de izquierda o derecha, se presenta como un falso bálsamo cuya estrategia es siempre la misma: simplificar problemas complejos, fabricar enemigos y presentarse como la única voz legítima de un «pueblo» artificialmente homogeneizado. Solo ellos representan al pueblo auténtico y al reclamar este monopolio moral, cualquier oposición es catalogada como traidora. Esta retórica es el preludio de la tentación autocrática: bajo la promesa de eficacia o de la restauración de una grandeza pasada, las autocracias buscan desmantelar los contrapesos institucionales. Atacan a los jueces independientes, asfixian a la prensa libre y criminalizan la disidencia. Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, ya advertía sobre los peligros de la apatía ciudadana que facilita estos procesos. El populismo moderno busca diluir la verdad con manipulación y desinformación. Nosotros el Pueblo no es una declaración del pasado, sino una llamada a la acción en el presente, a recordar el valor de la sociedad civil y la centralidad de los Derechos Humanos para asegurar el gobierno del pueblo y para el pueblo.
*Abogado y mediador
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