Opinión | Entre líneas
El rugido del dinosaurio
Hubo sabios que cruzaron el Mediterráneo gastando su escasa fortuna y arriesgando la vida en tempestades y frente a los piratas para encontrar un determinado libro del que habían oído hablar. Hoy, todo el saber de la humanidad está al alcance de cualquiera con un clic de ratón. Podría pensarse entonces que si alguien se equivoca es porque quiere. Y lo curioso es que así es. Primero, porque junto a todos los conocimientos volcados en internet también están todas las mentiras imaginables y, segundo, porque cada cual se cree lo que le hace sentir mejor y vivir más confortablemente. El caso es que en ningún momento como hoy ha habido más personas que hacen ostentación de su ignorancia. Así que, más que nunca en la historia de la humanidad, lo que cuenta no es lo que sepas o si es verdad o mentira, sino cómo lo narras, cómo lo transmites... El relato.
Y les voy a poner el mejor ejemplo de relatos que tenemos asumidos: los del mundo del cine. Hollywood nos ha acostumbrado a que, por ejemplo, un puesto callejero de frutas y verdura no tenga futuro alguno en una película de acción. Saldrá volando en la primera persecución. Estamos hechos a que nos parezca normal que todo dinosaurio, en cuanto deja de caminar y se para, ruge, que habría que preguntarse cómo cazaban aquellos bichos con tan indiscreta costumbre de bramar alertando de su presencia. El cine, en fin, nos dice que la pelea final entre el protagonista y el malo no se termina con menos de cinco minutos de contundentes mamporros mortales de necesidad desde el primer golpe, que sea normal que todo coche accidentado estalle en llamas, que se oigan las sirenas de la Policía pocos segundos después de un tiroteo, que el protagonista tenga una suerte loca en sus peripecias y que cualquier estado occidental, sobre todo EEUU y Reino Unido, está habilitado para intervenir en otro país por las bravas si es por una buena causa. O por la causa que sea.
Pero la ficción del cine no es la realidad, y el problema viene cuando hay quien cree que cualquier relato, y más si es del mundo del espectáculo, es válido como guía de comportamiento. Y peor aún como guía de las relaciones internacionales. Otro ejemplo: aún está el mundo con la boca abierta con aquella operación norteamericana de secuestro de Nicolás Maduro. Y hasta pareció normal que, ya puestos (como el que va al supermercado a por carne y de paso se trae fruta) se llevaran a su mujer, Cilia Flores. Que ya no sé qué puede pasar con nuestro presidente, Pedro Sánchez, si Trump sigue poniéndose de morros (literalmente) con él. ¿Entrarán una noche en la Moncloa y se los llevarán? ¿Y a su señora, Begoña Gómez, también? ¿O ya no pueden, porque no tiene pasaporte? Que luego, y a pesar del relato, en EEUU son muy mirados para esas cosas.
*Periodista
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