Opinión | Tribuna abierta
La repoblación de Carlos III y Olavide
A propósito de las Jornadas Históricas que se celebraban en La Carlota, estaba yo releyendo la biografía de Carlos III (escrita por el conde de Fernán Núñez y publicada por Morel-Fatio y A. Paz de Meliá con prólogo de Juan Valera, Madrid, 1898) e imaginando esa escena en la que Pablo de Olavide estaba esperando la audiencia del rey para tratar el tema de las Nuevas Poblaciones. Y, como el conde de Fernán Núñez pensaba que «la regularidad de la vida y la distribución inalterable de las horas de un Monarca es tan necesaria para la tranquilidad y seguridad de todos los que le rodean como la invariabilidad del curso del sol y de los planetas «... pues [ el Rey] «nunca adelantaba ni atrasaba un minuto la hora que daba a cada cosa, y lo he visto estar con la mano sobre el picaporte para no salir de su interior hasta dar la hora que había indicado a los que le esperaban fuera». ¿No es tierna la imagen de todo un Rey con el picaporte en la mano y mirando el reloj?
Supongo que Olavide conocía esta puntualidad y esperaba pacientemente- y digo «supongo» pues ningún dato personal entre ellos se especifica en una biografía donde el rey es presentado con tantas virtudes que más parece hagiografía el escrito (en ocasiones le denomina «santo») y donde el «reloj» para la monarquía pudiera decirse que fue la Revolución francesa. Tan es así que en la biografía sobre el mismo conde de Fernán-Núñez, que también se incluye en la obra que comento, se cita la parodia que este escribe de La Marsellese cantada por los Germanos: Allons peuple de Germanie/ combattre tous ces Jacobins/por perserver notre patrie/ du joug de ces republicans…». Es lógico que los monárquicos estuvieran preocupados y mirando el reloj.
Al final del prólogo, el egabrense Juan Valera se pregunta: «Con la difusión pacífica de las luces y con el pausado adelanto y modificación de leyes y costumbres, ¿no se hubiera logrado mejor que revolucionariamente la extirpación de abusos, la desaparición de no pocos defectos de que el antiguo régimen adolecía y el advenimiento de la libertad y la fraternidad verdadera?»
Y esto me resulta chocante. El conde de Fernán-Núñez recrimina que los colonos hubieran llegado a aquellos parajes casi desiertos sin previamente haberles construido las casas para habitar; y lamenta el hecho de que «sofocados por el calor recurrían al vino cuya fuerza no conocían y, abrazados unos a otros, cada día se aumentaba el enumero de los muertos y he visto familias compuestas por nueve personas de que solo quedaba una». Dada esta mortandad causada por una epidemia de fiebres tercianas, tuvo que completarse la repoblación con españoles y esa mezcla de lenguas y culturas son hoy un ejemplo modélico de integración en nuestro mundo.
Pese a este logro del pensamiento ilustrado, en la biografía no queda exento de crítica el final del superintendente de origen peruano Pablo de Olavide, «demasiado libre en sus opiniones religiosas», en opinión del biógrafo y de la Inquisición que le condenó en acto público tras la denuncia de un fraile que le escuchaba o espiaba. Olavide tuvo que fugarse a Francia y vivió de incógnito bajo el nombre de Conde de Pilos «entregado enteramente a la devoción» que, en palabras del conde de Fernán Núñez, «es lástima no hubiera adquirido en España para mayor honor suyo y aumento de las poblaciones que estaban a su cargo y que nunca puede olvidar». El Rey -y supongo que la Iglesia también- le perdonó y Olavide murió en Baeza en 1803.
*Comentarista político y periodista
