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Opinión | Calma aparente

Ciudad de vacaciones

Sin pisar la calle, de cochera a parking, como fugitivos o adúlteros profesionalizados, montamos a nuestra hija en la sillita del coche y nos vamos al Hipercor, ciudad de vacaciones. Las calles están desiertas, el asfalto hierve. A pesar del aire acondicionado, noto la quemazón en mi piel. Agradezco, por fin, el desnivel de la cuesta de acceso al parking; alcanzo la sombra sacando cuello, como un velocista al cruzar la meta, y me recreo serpenteando entre columnas numeradas y coloridas. El subsuelo garantiza frescor, como las iglesias. Hasta hace poco, odiaba los centros comerciales.

Conocemos nuestras funciones, nos movemos con seguridad y desenvoltura, como geos en pleno operativo: ella coge a la niña; yo despliego el carrito. Tras la exitosa parada en boxes, cruzamos las puertas automáticas. El aire acondicionado, tan artificial y desmedido, aligera nuestro ánimo; disipado cualquier atisbo de tensión, relajamos tanto el paso que podría parecer que caminamos marcha atrás. Ya en la rampa mecánica, guardamos silencio y miramos sin mirar: el tiempo que trascurre entre una planta y otra lo consideramos tiempo de meditación. Una vez en la cima, nos separamos. Ella se entrega a la caza de algún artículo, necesario o innecesario; en cuanto a mí, subo sin titubear a la quinta planta, la de la cafetería.

Casi todas las mesas están ocupadas. El griterío infantil, en principio, apabulla, pero al ser ininterrumpido termina convirtiéndose en ruido blanco, así que consigo concentrarme. Saco mi cuaderno y empiezo a escribir. El tiempo es limitado. La columna ha de ser escrita ahora o nunca. De pronto, me sobresalta la presencia de la camarera. Para salir del paso, pido una botella de agua, ante lo que se muestra extrañadísima: «¿Nada más?», pregunta. Miro a mi alrededor y constato que es la hora de la merienda y que los niños siguen siendo niños, no prescriptores de hábitos de vida saludable: estoy rodeado de tortitas con nata y batidos de colores. «Que sea una botella grande», añado, y la camarera levanta los hombros y se va. Frente a mí, un ventanal enmarca el futuro de Córdoba: desde mi posición puedo contar quince grúas entre los edificios cebra. El trasiego familiar no cesa. Como contrapunto, en una esquina, un obeso come solo. Esto es una tarde veraniega en el Hipercor.

Mi tiempo se agota. Veo mi carrito a lo lejos. Necesito rematar la faena. ¿Decía que odiaba los centros comerciales? Ahora me es imposible. Aunque se les llame refugios climáticos, que suena a apocalipsis encubierto, su frescor quirúrgico resulta arrebatador.

*Escritor

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