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Opinión | Para ti, para mí

El Señor nos habla de amores

Puestos a buscar un titular para comentar el texto evangélico de Mateo que se nos ofrece en las misas de este domingo, podría valernos el que hemos elegido: «El Señor nos habla de amores y de generosidad, de acogida y descentramiento». Hay frases del evangelio que podemos malinterpretar y las consecuencias son nefastas: «El que quiere a su padre o a su madre, más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». Comprendamos bien su sentido. El amor de Dios no es exclusivo ni excluyente. El horizonte es ensanchar nuestros amores, el de un corazón que se compromete, un corazón centrado en Dios, que no nos pide que amemos menos a los nuestros, sino que les amemos mucho desde ese amor a un Dios Padre, al Señor Jesús, a Dios Espíritu que anima, consuela y fortalece. «Amarte, Señor, para que amemos mucho y bien». Un amor generoso, que no significa heroico, sino cotidiano, encontrándonos con Él en los «pobrecillos» y los sedientos. Por eso, Jesús nos ofrece la metáfora del vaso de agua fresca, reconfortante siempre, pero más nunca en este tiempo de calor asfixiante: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, sólo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». La sociedad moderna tiene tal poder sobre sus miembros que termina por someter a casi todos. Absorbe a las personas mediante ocupaciones, proyectos y expectativas, pero no para elevarlas a una vida más noble y digna. Por lo general, el estilo de vida impuesto por la sociedad aparta a los individuos de lo esencial, impidiendo a no pocos llegar a ser ellos mismos. El resultado es deplorable. Las personas se van haciendo cada vez más indiferentes a lo «importante» de la vida. Apenas interesan las grandes cuestiones de la existencia. Son bastantes los que viven sin certezas ni convicciones profundas, cargados de tópicos, interesados por muchas cosas, pero «sin núcleo interior». Es fácil, entonces, que la fe se vaya apagando lentamente en el corazón de no pocos. Tal vez este sea uno de nuestros grandes errores. Nos preocupamos de mil cosas y no sabemos cuidar lo importante: el amor, la alegría interior, la esperanza, la paz de la conciencia. Lo mismo sucede con la fe; no sabemos estimarla, cuidarla y alimentarla. Y poco a poco se va apagando sin que nos demos cuenta.

Cuando el papa Pablo VI introdujo la expresión «civilización del amor», el mundo estaba marcado por la Guerra Fría, la carrera armamentista y fuertes desequilibrios económicos. En ese contexto, la Iglesia indicaba un camino alternativo a la oposición ideológica entre sistemas, imaginando un orden social en el que la justicia y la caridad se entrelazan y el amor se convierte en principio de organización de la vida económica, política y cultural. «Hoy debemos recuperar con fuerza esta visión: la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente», nos acaba de decir el papa León XIV, en su carta encíclica: «Magnífica humanidad». Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro, -ya sea persona o pueblo-, como un aliado necesario para la construcción del bien común». El Papa subraya también con fuerza, que «en los tiempos que vivimos, se está consolidando una «cultura del poder», en la que la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la agenda y los criterios de decisión, relegando el bien común de la humanidad a un segundo plano». En relación con estos temas, me ha impresionado la entrevista de Telva, a Borja Sémper, tras el túnel de su batalla con el cáncer, especialmente estas palabras: «Me he dado cuenta de que solo quiero gente buena a mi lado. Da igual su ideología, su orientación sexual, su religión… sólo me interesa gente que merezca la pena. Tuve una crisis de fe hace años por culpa de la iglesia católica vasca, pero ahora me he reconciliado y me siento conmovido por tantas personas como me han dedicado sus oraciones». Y el final de los versos de Manuel Alcántara: «Alguna vez, Señor, ¡gracias a Dios!, / todo se olvida y crezco en el presente». (Ante el drama y el dolor de Venezuela, nuestra conmoción, nuestra solidaridad y nuestra ayuda).

*Sacerdote y periodista

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