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Opinión | Aprender para contar

Centros de datos orbitando

Hoy vuelvo a escribir sobre el uso del espacio. Ya les he contado sobre la iniciativa internacional de los «Cielos oscuros y silenciosos”, que surgió hace unos años cuando las empresas privadas aprendieron a construir y lanzar satélites de modo muy barato, para usos «sociales» con mucho peso comercial. También les he hablado en artículos anteriores de las megaconstelaciones, miles de satélites que para el final de esta década habrán llenado el cielo de puntos brillantes (los reflejos de los paneles solares que necesitan para su funcionamiento). Las señales de estos satélites -que se usan principalmente para dar mejor cobertura de internet- también generan «ruido» que aturde a los radiotelescopios diseñados para encontrar señales débiles en el espacio, los ecos del origen de nuestro universo. Por eso se acuñó el término Dark&Quiet Skies, y en esa lucha estamos los astrónomos desde entonces. El tema ya ha llegado a Naciones Unidas, donde se debate con más insistencia que éxito, me temo.

La inteligencia artificial necesita cada vez mas potencia de cálculo. El cálculo numérico en un ordenador consume mucha energía y los componentes de una máquina potente generan mucho calor. Por eso, la mente humana, que es muy potente e imaginativa, ha tratado de buscar soluciones tecnológicas. Se están creando empresas para darle la vuelta al gran problema que se ha generado con la IA y su expansión futura. Nuevas generaciones de empresas se están uniendo a las ya existentes para desarrollar y situar infraestructuras informáticas de gran escala en la órbita de nuestro planeta. Ya hay proyectos en marcha. Estos centros de datos orbitales se presentan como una solución a la creciente demanda terrestre de inteligencia artificial (IA), computación en la nube, energía y refrigeración.

Al mismo tiempo, la comunidad internacional ya está sufriendo el impacto que las constelaciones de satélites tienen sobre la astronomía, la sostenibilidad espacial y el uso a largo plazo del espacio ultraterrestre. La aparición de centros de datos orbitales es otra vuelta de tuerca que agrava considerablemente el problema. Hace dos semanas, en la reunión anual de COPUOS (Comisión para el Uso Pacífico del Espacio Exterior) en Viena discutimos el tema. España y Chile lideraron la iniciativa en una mesa de análisis que organicé.

Si nos abstraemos de otras importantes consideraciones, los centros de datos orbitales tienen ventajas claras. Se alimentarían directamente de la energía solar y serían un apoyo a las crecientes necesidades de capacidad de cómputo para la inteligencia artificial. El espacio es un entorno frío que facilita la disipación del calor por radiación de los ordenadores. Estos centros de datos son un reto tecnológico que tiene entusiasmados a los que ven en ello un nuevo «renacimiento».

Por otro lado, la avidez por colonizar el espacio exterior de las empresas privadas es inmensa, y además lo han identificado como un entorno donde desarrollar todo lo que en la Tierra no se puede hacer (en muchos casos porque las leyes medioambientales no lo permiten). En el espacio no tienen ese «problema» y parece que mientras se logre legislar el negocio ya estaría hecho. Estoy muy en contra. Lo sé y así lo confieso. Mi opinión no es ni neutral ni equidistante.

Hay además aspectos esenciales que transcienden (e incluyen) a la astronomía y se enmarcan en el uso sostenible del espacio. El más inmediato es la basura espacial y la congestión orbital. Los centros de datos en el espacio requerirán un gran número de satélites, lanzamientos frecuentes y redes de comunicación ampliadas. Esto aumentará el riesgo de colisiones, la generación de desechos espaciales y la presión sobre la ya congestionada órbita terrestre baja (LEO). La comunidad internacional aún está pensando mecanismos para gestionar los impactos acumulativos de las megaconstelaciones.

Otro aspecto esencial es la huella ambiental. Aunque se presentan como una solución “verde”, hay que conocer y evaluar las emisiones de los lanzamientos, el impacto de la fabricación, los ciclos de sustitución y eliminación de satélites, y la evaluación completa del ciclo de vida incluyendo la contaminación de nuestra atmósfera. El beneficio ambiental neto aún no ha sido demostrado. Y por último, hay vacíos de gobernanza. El derecho espacial internacional actual fue diseñado mucho antes de la aparición de la IA, las megaconstelaciones y las instalaciones industriales en órbita. Esto plantea preguntas claves sobre cómo regular los recursos de computación orbital, evaluar sus impactos ambientales, saber qué responsabilidades tienen los operadores y garantizar un acceso equitativo a estos recursos.

Los “cielos oscuros y silenciosos” son una prioridad reconocida por la ONU y la comunidad científica, ya que permiten la observación astronómica sin interferencias de luz artificial ni de radiofrecuencia. Son esenciales para la investigación en astrofísica, la detección de asteroides, el estudio del clima espacial y la ciencia del clima. Los centros de datos orbitales agravan los problemas ya existentes de contaminación lumínica y radioeléctrica en el espacio. Además, el impacto más relevante sería acumulativo, sumándose a megaconstelaciones y otras infraestructuras espaciales, lo que deterioraría significativamente la calidad de las observaciones astronómicas desde la Tierra.

Aunque los centros de datos orbitales puedan ofrecer beneficios para la inteligencia artificial, las comunicaciones y la exploración espacial, su desarrollo debe asegurar que se preserven la sostenibilidad a largo plazo del espacio ultraterrestre y los cielos oscuros. Si no, se verán muy perjudicadas la astronomía, el descubrimiento científico, la defensa planetaria y el acceso compartido de la humanidad al cielo nocturno. Todo esto es complicado y es incompatible con un desarrollo tecnológico apresurado y de «hechos consumados» que será imposible de revertir.

Es imprescindible un enfoque internacional equilibrado, sensato y valiente —que reúna a gobiernos y científicos de muchas disciplinas—, que contrapese el desarrollo industrial para garantizar que la innovación en computación orbital no se produzca a expensas de los valores científicos y ambientales de nuestro espacio exterior.

*Astrofísica

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