Opinión | Cielo abierto
Venezuela o la vida
Cuando tú te dedicas a saquear un país, luego viene la vida y te arrasa, te pone contra el suelo, te atraviesa. Es lo que ha ocurrido en Venezuela. La obligación de un mandatario público por supuesto no es esquilmar las reservas del Estado, ni llenar las cajas fuertes de joyas o los tabiques de tu última mansión con millones de petrodólares, como tampoco lo es ideologizar, manipular, ni mucho menos enfrentar a la población. La mayor responsabilidad de un gobernante es garantizar la vida pacífica de sus ciudadanos y prepararse para cuando llegue la vida y te arrase, te ponga contra el suelo, te atraviese. Como dirigente de un país, como líder de un grupo y protector en parte de la ciudadanía, sabes que ese momento va a llegar. Porque el azar de un desastre natural no se puede evitar, pero podemos promover esa relativa capacidad de respuesta que ahora se echará en falta en Caracas. Son únicamente 39 segundos para cambiar la faz de un país, con dos terremotos de 7,2 y 7,5 grados en el centro de Venezuela, un caos de escombros y gentes atrapadas bajo los cascotes, con los edificios derrumbados. Delcy Rodríguez ha declarado el estado de emergencia y ha cerrado los aeropuertos. Un país que hace muchísimo fue próspero, vuelve a la edad de piedra. Cuando escribo esto ya hay 164 fallecidos y más de setecientos heridos: «El estado La Guaira, al norte de Caracas, es una zona de desastre».
La zona de desastre es Venezuela después del expolio del chavismo y su lapidación de los derechos fundamentales de sus ciudadanos. El terremoto es una desgracia que te puede sacudir y, como todas, pone de relieve lo que has acabado siendo. Ahora el pueblo también salvará al pueblo, porque los dirigentes han estado ocupados en salvarse a sí mismos, tras embolsarse la riqueza de un país, pero también su conciencia ciudadana, su capacidad de respuesta civil. El gobernante que no entiende que la oposición representa a buena parte de una población, no está gobernando para todos. No es sólo Venezuela: en todo el mundo se levantan muros que disuelven cualquier cohesión social, pero luego llega una desgracia como un terremoto, como una dana, como una pandemia, y te recuerda que todos estamos hechos de lo mismo y necesitamos, básicamente, lo mismo para vivir.
Dice Gabriel Rufián que gobernar no es resistir. Debería ser mucho más: tener un proyecto democrático de país para todos y ayudarnos a vivir mejor. O a sobrevivir, llegado el caso. Pero no subsidiándonos, sino favoreciendo las condiciones mínimas de seguridad jurídica para poder ser dueños del presente, haciéndonos crecer. Es decir, todo lo que no se ha hecho en Venezuela, antes de que llegara la vida para llevárselo todo por delante.
*Escritor
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