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Opinión | Tormenta de verano

Verano caliente

El estío ya no se estrena con la canción del verano ni con el posado de turno. Ahora el pistoletazo de salida lo da un auto de la Audiencia Nacional o un registro sorpresa de la UCO a la hora de la siesta. Existe una correlación científica, aún no estudiada por el CSIC, entre el aumento de las temperaturas medias y la urgencia de los magistrados por dictar resoluciones complejas días antes de coger las vacaciones en la playa. Los ventiladores de techo giran a máxima potencia en los despachos oficiales, intentando esparcir de forma equitativa las sospechas de corrupción. Las togas de verano se debaten como moda pret-a-porter entre el uso del lino transpirable para fiscales y el «efecto playa» de abogados defensores, que redactan recursos de amparo en chiringuitos, manchando de alioli los folios de especial complejidad jurídica. El mercurio se dispara a 45 grados a la sombra mientras los juzgados abren ventanas para dejar salir el humo de los sumarios. Las tradicionales hogueras de San Juan ya son cenizas, pero el verdadero incendio nacional apenas comienza para adentrarse directamente en el infierno meteorológico y judicial, un ecosistema único donde la prima de riesgo palidece ante el trance de encontrar refugio climático. Es la nueva censura térmica.

La ciudadanía asiste a este espectáculo con una mezcla de bochorno climático y estupor democrático. Mientras el ciudadano medio calcula cuántos riñones le costará encender el aire acondicionado dos horas por la noche, algunos representantes públicos se dedican a encender ventiladores mediáticos para ver a quién le cae la porquería. Es la democratización del aire fresco: si yo no duermo por el calor, tú no duermes por la imputación.

El verano era antes una época de sequía informativa. Hoy las serpientes han sido sustituidas por autos judiciales y comisiones de investigación parlamentaria que se celebran a las tres de la tarde, hora ideal para asegurar a comparecientes y periodistas una lipotimia en directo. Los escándalos de esta temporada estival vienen con un sutil aroma a crema solar y contratos de emergencia. Ya nadie se corrompe en trajes de lana de invierno; ahora la tendencia es el blanqueo de capitales en bermudas y las reuniones secretas en reservados de restaurantes costeros donde el marisco se paga con comisiones dudosas.

El sistema judicial, conocido por su ritmo paquidérmico y sus carpetas polvorientas, adquiere una velocidad de crucero justo cuando el resto del país se declara en estado de siesta obligatoria. Las resoluciones judiciales caen como tormentas de verano: de repente, sin avisar, destrozando el chiringuito de más de un estratega político que ya tenía la maleta hecha para Benidorm. Habrá que ver quién sobrevive a la canícula de julio sin un ventilador a mano o, al menos, sin un buen abogado penalista en la agenda de contactos.

*Abogado y mediador

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