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Opinión | La vida por escrito

Feliz ignorancia

A título personal debo reconocer que siempre he sufrido una irrefrenable pasión por el conocimiento. Es algo más que un instinto; yo lo calificaría de casi una patología, teniendo en cuenta que lo patológico no es más que un alejamiento del funcionamiento habitual de un órgano, ya sea un riñón, un estómago o un cerebro, o globalmente de una persona.

Hay una fiebre a nivel mundial por los kits de análisis de ADN para conocer tu genealogía. Y en Estadios Unidos es ya muy común regalarlo para el Día del Padre. Esto, que parece un regalo como cualquier otro, se ha convertido, sin embargo, en una especie de rasca genético de la ONCE. Un regalito casi inocente, que promete respuestas profundas: quién eres, de dónde vienes, qué historias habitan tus células. Pero detrás del envoltorio brillante se esconde una pregunta incómoda: ¿realmente queremos saberlo todo sobre nosotros mismos?

Los datos son elocuentes: más de 30 millones de personas han enviado ya su saliva a empresas que hacen estudios genealógicos. La curiosidad es humana, casi irresistible. Como explica la psicóloga Susan Moore en The Psychology of Genealogy, rastrear nuestros orígenes satisface necesidades profundas. Descubrir un antepasado inesperado o resolver un misterio familiar produce una euforia que muchos genealogistas describen como adictiva.

Pero Moore añade una advertencia que conviene no pasar por alto: «Puede ser divertido, pero también arriesgado». Efectivamente, las pruebas de ADN están destapando secretos familiares ocultos, paternidades mal atribuidas, adopciones nunca reveladas, incluso médicos de fertilidad que resultan ser padres biológicos de decenas de personas. Lo que antes era improbable, hoy es estadísticamente plausible.

Ese es el punto delicado. La identidad no es solo un dato biológico; es una narrativa íntima. Cuando un test la contradice, puede producir lo que los psicólogos llaman «disrupción identitaria»: una grieta en la historia personal que obliga a reconstruir quién es uno y de dónde viene. Algunos lo asumen con serenidad. Otros sienten traición, confusión, incluso duelo. Y una vez que la verdad se muestra, como recuerda Moore, «no puede desconocerse».

A esto se suma un riesgo más prosaico, pero igual de inquietante: la seguridad de los datos. En 2023, un hackeo expuso la información genética de siete millones de usuarios. ¿Qué ocurre con tu ADN, esa información tuya más íntima y consistente, si la empresa quiebra, cambia de manos o sufre un ataque? Y no estamos hablando de una simple contraseña que puedas cambiar.

La tentación sigue ahí, sin embargo. Porque la genealogía también ofrece recompensas reales: un sentido de continuidad, la emoción de resolver un enigma, la posibilidad de conectar con familiares desconocidos. Quizá por eso estos kits se regalan con tanta alegría, como si fueran un juego de sobremesa. Pero Moore insiste en algo esencial: antes de regalar uno, conviene preguntar. ¿Quiere esa persona saber? ¿Está preparada para lo inesperado? ¿Ha pensado en las implicaciones éticas y emocionales?

La cuestión de fondo es más amplia. Vivimos en una época que glorifica la transparencia total, la idea de que más información siempre es mejor. Pero quizá no todas las verdades son urgentes. Quizá no todo conocimiento es neutral. Tal vez haya momentos en los que proteger la narrativa personal sea tan legítimo como ampliarla.

Conocer nuestros genes puede ser una aventura fascinante o una convulsión vital. Lo sensato, como casi siempre, está en los matices. No debemos demonizar la ciencia, pero tampoco trivializarla. Al final, la identidad no se reduce a una mera secuencia de ADN. Los individuos estamos hechos también de afectos, historias compartidas y decisiones personales e indeterminadas.

*Profesor de la Universidad de Córdoba

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