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Opinión | Hoy

Prudencio Salces

Mi amigo Prudencio y yo nos conocemos y nos comunicamos por sus poemas: la vía más sublime, más bella, más transparente, más limpia y más humana, porque mi amigo Prudencio es un poeta que surge cada día del alma más profunda y más verdadera, más ancestral y más sabia, del pueblo. Cada uno de sus versos, los que traza y los que sólo imagina en su corazón, están escritos a base de arte verdadero, que es el arte injertado en el gran árbol de los siglos, en el que se fue fraguando el alma de nuestro idioma y nuestro pueblo, cada una de sus palabras con cada uno de sus sentimientos. Este poeta esencial, sencillo, trabajador, que ama su oficio con verdad y con honradez, es otro ejemplo que todo artista debe grabarse en lo más hondo de su vocación: que el arte que no pertenece al árbol del pueblo está destinado al olvido. La mirada serena de este hombre nos comunica melancolía, sensibilidad y sabiduría, herencia de siglos, y nos hace experimentar que en cada sangre humana cabe el mundo, con toda su capacidad de ternura. En su alma, curtida de sol a sol por esas campiñas sostenidas y revitalizadas por tantos hombres y mujeres, y sus sudores de hambres, de injusticias y anhelos, y sus sufrimientos de tiempos, está el alma de nuestra Andalucía, un íntimo secreto que no se puede expresar, que sólo sus gentes conocen porque dieron la vida en él. En la mirada profunda de Prudencio, llegamos hasta ese ser de donde surgen las raíces del flamenco, las coplas populares, los pregones, la guitarra, la hoz, el bieldo, el asperón, las sangrías de tantos emigrantes, el dolor de tantas despedidas, las añoranzas, alegrías y soledades en tantos olivos, trigos, cepas. Porque mi amigo Prudencio encarna esos versos del maestro Atahualpa Yupanqui: «Vive junto con el pueblo, no lo mires desde afuera, que lo primero es ser hombre, y lo segundo, poeta».

*Escritor

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